Tanatofilia y revolución bolivariana II: de la turba a la tumba, y de la tumba a la turba

Segunda entrega concerniente a las inclinaciones tanatofílicas del imaginario venezolano. Hordas, sangre, revoluciones, Socialismo, Patria, Muerte y un largo etcétera tenebroso.

 

por Eduardo Febres

 

Segunda entrega concerniente a las inclinaciones tanatofílicas del imaginario venezolano. Hordas, sangre, revoluciones, Socialismo, Patria, Muerte y un largo etcétera tenebroso.

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Una horda de esclavos, mestizos, ladrones de ganado, que se expande como una epidemia por el país a principios del siglo XIX; una proliferación de líquido rojo que inunda la ciudad y se arrastra por el Monte Ávila y sale de las ventanas de las casas; una serie de relatos en los que la miseria y la pobreza extrema están en el mismo umbral que las criaturas-monstruos del gótico nor-occidental; una serie de muñecos que imitan la figura del joven malandro, y son objeto de idolatría en el no demasiado atendido animismo venezolano (para más detalles dirigirse al texto previo, CLICK). El ejercicio hasta acá ha sido ensayar líneas entre estas escenas de lo tanatofílico venezolano exacerbado a partir de 1989, y la rebelión-masacre de ese mismo año.

Dados los 160.410 homicidios dados en este período* sería, seguramente, más claro, más nítido y más cómodo decir tanatofilia y violencia criminal: no hay muchos obstáculos para trazar una línea entre una exacerbación de lo tanatofílico en marcos religiosos y estéticos, y la “guerra no declarada” que ya describía en el año 2000 (CLICK) Susana Rotcker como una guerra que es –decía– “en todo sentido, una guerra civil, donde no hay espacios de refugio ni lemas patrióticos ni proclamas programáticas, ni dirección u objetivos a mediano o largo plazo”.

¿Para qué meterse, entonces, a este terreno abigarrado, de sangre y muerte viva, cargando con el peso del sintagma “revolución bolivariana”? Primero, porque creo que es el umbral más productivo para leer la (no menos abigarrada) exhumación de Simón Bolívar, transmitida a las 2:00 am del 15 de julio de 2010, año bicentenario y de un mundial de fútbol al que Venezuela, consecuentemente, no fue. Y segundo, porque creo que hay cruces que puede detectarse, en ese mismo umbral (y a partir de la exhumación) de revolución y violencia criminal en Venezuela (los dos grandes fenómenos que se filian genéticamente a 1989) fuera de la lógica dual dominante, que pendula entre:

a) La revolución de Chávez estimula la violencia criminal con su discurso/ Chávez y los malandros son lo mismo b) La violencia criminal es la consecuencia natural del enemigo natural de la revolución, que es el capitalismo, al cual no se ha hecho sino combatirlo /Los medios, que son también enemigos de la revolución, especulan con la violencia criminal, la exageran.
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La exhumación es transmitida varias veces, en distintas tomas, que muestran distintos momentos del ritual. La primera que se transmite (CLICK) en Telesur es de las pocas que muestra el cadáver de pies a cabeza. Seis científicos y funcionarios retiran la túnica que lo recubre. Están vestidos de blanco y tienen, o capuchas, o gorros de quirófano, y van desenrollando, a medida que suena el Himno Nacional de Venezuela. El objeto de la exhumación, o al menos el objeto oficial, es el análisis científico, forense, para determinar, con un examen de ADN, las posibles causas de muerte. El responsable indirecto sería un inglés que sin acceso al cuerpo desarrolló una teoría sobre posible envenenamiento, pero eso no es relevante.

O sí. En todo caso las derivas de la escena son incalculables y posiblemente inabarcables, y acá el ejercicio sigue siendo leerlo en la serie tanatofílica, rastreada en los medios masivos, a partir de la rebelión-masacre de 1989. Es en esta serie, hasta acá restringida al ámbito estético y mágico-religioso, donde podemos detectar un desborde: el imaginario tanatofílico que viene latiendo en la dimensión artística y religiosa de la vida social, 21 años después de la rebelión-masacre, en bicentenario de la derrotada revolución burguesa criolla de 1810, se cuela en el discurso oficial (de la ciencia; de la Historia; del Estado) y rasga la vestidura del Bolívar oficial, marmóreo; pela el hueso del padre de la patria, héroe a caballo blanco, libertador de América, y tal, y tal, y tal.
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La línea tanatofílica entre lo bolivariano revolucionario y el Caracazo aún es mucho más difusa que la de la violencia criminal. Por eso interpongo, entre ella y la rebelión masacre, un desborde análogo: poco menos de un mes después de la exhumación, una imagen de cadáveres (CLICK), abigarrados en la morgue de Bello Monte, cubre toda la tapa, en el diario El Nacional… El diario El Nacional, que ni publica fotos de cadáveres, ni publica fotos a tamaño completo en la primera página, ni reta las tripas ni los modales de sus lectores con nada que no sea consumo.

El objetivo es declaradamente propagandístico: la nota que ilustra la tapa morbosa es un plan de desarme presentado por la oposición. La provocación es leída por el Gobierno como una provocación. Viene una multa, clamores por la libertad de expresión. Lo de siempre, pero hay, también, lo que nos interesa: otro desplazamiento, otro desborde, en que lo tanatofílico explícito se apropia de un discurso oficial. Si en la exhumación expropia el discurso oficial del Estado, acá expropia el discurso oficial de las redes de propietarios: El Nacional es miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa y del Grupo Grandes Diarios de América, y en 2002 aupó y saludó el golpe de Estado liderado por Fedecámaras, la más importante red de propietarios del país.

Desde esta escena forense (de colapso forense) se puede trazar la misma línea que puede trazarse en todas las escenas que hemos revisado: la que marca esa especie de arritmia que aparece, a partir de 1989, en la curva de homicidios en Caracas y Venezuela; es decir, la “guerra no declarada”, de la que hablaba Rotcker en 2000. Pero además está la línea que indica José Roberto Duque –ex empleado de El Nacional, cronista de violencia criminal, y narrador del Caracazo y del barrio en Salsa y control– , en su comentario sobre el desborde de El Nacional:

“En 1989, cuando el Sacudón devino masacre colectiva, los fotógrafos de planta se echaron a la calle a tomar gráficas de la represión y la brutalidad, y la directiva decidió no publicar esas fotografías. Lo hizo después en un libro, lo cual resultó mejor negocio”. Las fotos de la gran rebelión-masacre que inició la guerra, no aparecen en el diario cuando es la rebelión-masacre. Aparece un día cualquiera, una foto de un día cualquiera de la guerra, a full color, a página completa, 21 años después, sin noticia (¿la mayoría de edad?). Aparece, tras la repetida transmisión de la exhumación de Simón Bolívar, epónimo de la revolución que comenzó con esa rebelión-masacre. Otra vez el regreso de lo reprimido, y ya estamos cerca.
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En 27 F de 1989: interpretaciones y estrategias  , Reinaldo Iturriza extrae del discurso dominante sobre el Caracazo posibilidades de horizonte político, de lo que llama la turba. Uno de ellos es la multiplicidad: “en la turba hubo de todo, y no está mal”; “Era cada uno abriendo su cuerpo a conexiones, pero no tanto para dejar de ser cada uno, sino para devenir otra cosa. Eran todos en su devenir-manada. Eran todos la turba”.

En su movimiento oceánico, en su indiscernibilidad, en la conexión entre los diferentes elementos que la constituían, y su afirmación como “Uno radicalmente heterogéneo en relación al Estado”, Iturriza encuentra posibilidades de existencia política de la turba, fuera de los intentos de clausura que han operado sobre ella, por izquierda y por derecha.

No hay, sin embargo (aún), en esa multiplicidad, en esa heterogeneidad, nada que pueda discernirse como bolivariano. La violencia criminal, en cambio, sí aparece, a simple vista, sin dejar lugar a dudas. Está en el discurso dominante (“bandas ‘compuestas de delincuentes, malandros, narcotraficantes, ultraizquierdistas marginados’”, cita Iturriza a Luis Salamanca), pero también está en Iturriza (“Ella [la turba] está compuesta de ‘pueblo corriente’ pero también de malandros y militantes de la ultraizquierda”); e incluso está en el relato de uno de esos “militantes de la ultraizquierda” que estuvieron en la turba. Roland Denis escribe en la introducción a Las tres repúblicas : “cuando se peleaba en las calles el 28 de febrero del 89 en medio de la rebelión popular había que enfrentar a la policía y el ejército pero también a las bandas de delincuentes que querían apropiarse de lo obtenido por el pueblo en la pelea noble y solidaria”.

Hay, entonces, un abismo, entre una rebelión que dejó ver a seres que (según el testimonio de una periodista, recogido por Iturriza) “no encajan en la clasificación socioeconómica D-E, más bien podrían ser Y-Z, pertenecen al inframundo caraqueño”, y el héroe al que José Ignacio Cabrujas llama, en La viveza criolla , “nuestra única atadura con lo sublime y lo elevado”. El mismo abismo, capaz, que hay entre lo que Cabrujas llama “el día más venezolano que he visto” y un prócer que “es venezolano sólo en el sentido paradójico que pudiese tener la palabra”. Es a ese abismo adonde creo que se puede entrar con el Bolívar reducido a huesos: el Bolívar más venezolano que he visto.
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En el relato de Roland Denis hay un “nosotros”, que nace cuando se “parte la realidad en dos”, en 1989. Es un “nosotros” que está aún en fabricación cuando irrumpe la rebelión militar de 1992, y con ella el mítico mensaje bolivariano  de Hugo Chávez; un “nosotros” que aún está “construyendo su propia subjetividad política desde lo más básico” cuando aparece el cuerpo militar que dice “asumo la responsabilidad” con un “mensaje bolivariano”. Un “nosotros” –dice Denis– que aún está terminando de “organizarse dentro de él mismo en los códigos de su propia rebelión” y que se “construye con la ayuda de corrientes históricas de lucha externas a él”.

Las “corrientes históricas de lucha externas a él” resuenan en “cada uno abriendo su cuerpo a conexiones”, y lo que está “organizándose dentro de sí mismo” resuena en el cuerpo sin órganos, en la meseta del devenir-imperceptible , adonde Iturriza lleva la turba. El borde textual, la traza del límite entre ese “nosotros” sin órganos de la turba y el cuerpo militar bolivariano creo que puede leerse en el primer verso la plegaria-panfleto Oración al Chávez Nuestro , que llega de manera anónima, poco después de la rebelión militar, al cuartel donde queda recluido el vocero del mensaje bolivariano, y de la misma forma es distribuida en la población: “Chávez nuestro que estás en la cárcel”.

El “nosotros” político de la turba, anónimo (cuerpo sin órganos que estaba organizándose dentro de sí mismo), incorpora y expropia acá, mediante el posesivo, el cuerpo militar bolivariano. Y es en esta primera toma de posesión, donde creo que pueden detectarse al menos tres agenciamientos, entre la turba y el cuerpo militar bolivariano de la plegaria, que se actualizan, se reafirman, y se hacen perceptibles en el umbral tanatofílico del Bolívar exhumado:

a) Agenciamiento policial: el Bolívar de la tumba abierta puede ser exhumado y jorungado por forenses, tal como lo fueron los cadáveres desaparecidos, amontonados en el cementerio de La Peste, casi dos años después de la masacre . Y del mismo modo, el cuerpo militar bolivariano del que se apropia la turba puede ir a la cárcel. Es decir, son cuerpos bolivarianos que, como muchos de los elementos de la turba (si no su totalidad) pueden entrar en el trayecto judicial: ese “viaje patrulla policial-tribunales-cárcel”, que según Duque puede ser peor que cualquier linchamiento, y según yo superan en su realidad el horror de cualquier imaginario o reminiscencia tanatofílica de las que hemos analizado. b) Agenciamiento intertextual: en el discurso animista que en la primera transmisión de Telesur precede al Bolívar exhumado (“veamos esas concavidades del cráneo como los ojos que nos miran, y que desde el más allá o más acá… como dice Neruda, todo tiene tu nombre, padre”), Chávez glosa y cita el mismo poema que pronunció en el inolvidable discurso de asunción: el del muerto que despierta; el “pequeño cadáver de capitán valiente” que “ha extendido en lo inmenso su metálica forma”. Como asoma Vincenzo Impaglione , antes que la dimensión religiosa judeocristiana, elevada, del “Padre Nuestro”, habría que leer en “Oración al Chávez Nuestro” la dimensión telúrica, sangrienta y cadavérica, del “Canto a Bolívar” de Neruda, “De la cárcel, del aire, de los muertos”. El ámbito carcelario del cuerpo militar bolivariano, como el ámbito forense del pequeño cadáver, aterran lo bolivariano. c) Agenciamiento sobrenatural: el umbral sobrenatural es probablemente el único donde uno puede encontrarse en series análogas a la multiplicidad de la turba (desde “marginados de ultraizquierda” hasta el “inframundo caraqueño”), y “nuestra única atadura con lo elevado y lo sublime”. En el mismo panteón de muertos milagrosos donde Bolívar y los libertadores tienen una corte, habitan ladrones, retardados mentales, sirvientes, esclavos, médicos, delincuentes… Esto es: el panteón del culto a María Lionza, la religión no jerárquica y autóctona que se expandió masivamente en Venezuela, a la par del auge petrolero y la diáspora del campo a la ciudad. El de la exhumación es, muy probablemente, el Bolívar oficial más compatible (si no directamente homologable) con ese Bolívar de la religiosidad popular; como señala el antropólogo Francisco Franco , el culto a los muertos milagrosos del panteón marialioncero, “por excelencia se practica en la tumba de éstos, ya sea que estén depositados en el cementerio o en cualquier otro lugar”. Si la turba eran todos en su devenir-manada, quizá entonces el umbral para leer el “nosotros” sin órganos que posee el cuerpo bolivariano en la plegaria-panfleto es “nosotros, los brujos”. Y para ellos el cuerpo pelado del héroe en su tumba.

6-

Terreno altamente resbaloso, este de la “conexión religiosa” de Chávez con el pueblo venezolano (y latinoamericano, y subalterno mundial). Puede uno caerse hacia el lado de la trivialización (el término ya es variable fija para un analista de datos como Óscar Schemel), o del mero delirio. Sin embargo creo que, en el umbral tanatofílico, pueden detectarse zonas en las que se hacen nítidas y materiales las fuerzas que potencian esa conexión –hoy bajo incalculables capas de saturación, donde que se cruzan y se superponen y confunden la religiosidad inmanente al Espectáculo (si le seguimos creyendo a Debord), el discurso épico (quijotesco), y el “viejo caldero de las religiones”, que dijo el poeta Roque Dalton que se agita cuando llega la revolución.

Hará falta más espacio para trazar, entonces, en este umbral, el recorrido del cuerpo bolivariano hasta la consagración del Espectáculo que transmite su exhumación. Un espectáculo que, a partir de la segunda toma de posesión, en 1999, pone de nuevo en circulación masiva viejas proclamas programáticas y lemas patrióticos; que a partir de 2002 se convierten en las proclamas y lemas de una guerra de espectáculos, y que sin embargo nunca han sido las que ordenen la guerra a balazos iniciada en 1989.

Por ahora señalo, entonces, los bandos más o menos perceptibles, que encuentro hasta acá en este umbral, con sus sueños y pesadillas:

Patria

Como ya señalábamos en “Un gótico criollo para los Santos Malandros”, una de las tres potencias, o deidades mayores, del culto marialioncero de muertos milagrosos, es Negro Primero: un soldado libertador negro, que antes de estar en las filas patriotas, fue parte de la más grande de muchas rebeliones de esclavos previas a la Independencia, el llamado Año Terrible, que llegó a tomar el país entero. Tanto su figura, como la del indio Guaicaipuro (otra de las tres potencias) fueron incorporadas en 2007 en la serie de billetes de la nueva divisa, el Bolívar Fuerte. Se ha especulado sobre la imagen de la heroína republicana Luisa Cáseres de Arismendi, en el billete de 20, idéntica a una de las representaciones más difundidas de la diosa María Lionza. Pero más allá de esta posible institucionalización encubierta del culto, creo que acá lo determinante es una reconfiguración, análoga a la que opera en la exhumación y en la plegaria-panfleto: el signo-divisa bolivariano da nuevo cuerpo a la rebelión derrotada, y la convierte en un proyecto de patria (grande). El riesgo de este horizonte es cada vez más visible, y tiene que ver con el anquilosamiento de lo que llama Roland Denis una “república corporativa burocrática”, y lo que la experiencia histórica enseña, acerca de la memoria subalterna convertida en fetiche de un proyecto de poder (basta con nombrar el cristianismo, que hizo del cadáver de un judío pobre el escudo con que se impuso a punta de masacres una religión jerárquica mundial).

Muerte

Si la Patria supone el riesgo de que se disipen en fetiches las huellas de lucha de las clases subalternas y sus potencias, el proyecto de poder de las redes de propietarios supone meramente su desaparición del espectro, pues su única proclama programática clara es la muerte del relato bolivariano, (“no es la hora de la izquierda ni de la derecha, es la hora de Venezuela”  “voy a gobernar sin ideología”).

La consigna apela a algunas zonas del imaginario, en las que el Espectáculo de las redes de propietarios ha estimulado y establecido la certeza de que poner stop al relato del cuerpo militar bolivariano es poner stop a la guerra iniciada en 1989. No hay nada que pruebe que eso vaya a ocurrir. Pero aún más: una de las pocas zonas de la vida social donde se hace completamente nítida la correspondencia entre el relato bolivariano y la dirección de las balas es ahí donde las redes de propietarios no dudan en emplear la muerte como herramienta política. De los ínfimos grupos armados venezolanos identificados con el relato bolivariano, he visto una larga serie de imágenes, notas periodísticas y documentales, en los medios de las redes de propietarios, aunque en ninguno se habla de víctimas. En cambio, desde la reforma agraria de 2001 a esta parte, 260 campesinos organizados en los movimientos que ocupan tierras al amparo (en teoría) de la ley, han sido asesinados por sicarios de los terratenientes y paramilitares. Pero, por supuesto, sobre los grupos armados de los propietarios y sus víctimas no hay noticia, o al menos no propaganda, en los medios de las redes de propietarios.

Socialismo

Los rastros de la diosa María Lionza (que sigue Francisco Ferrándiz Martín ) dan cuenta de un culto “de corte campesino y afrovenezolano” “basado en la devoción a los antepasados, en su mayor parte caciques indígenas y héroes de la independencia venezolana”, que empieza a detectarse en relatos orales de principios de siglo. Un culto que en los años 40 se masifica y se vuelve urbano, “en la estela de los sucesivos ciclos migratorios provocados por la expansión de la economía petrolera y la desestructuración del sistema agrario nacional”. Así –cuenta– emerge “la ciudad espiritista”, “en los descampados, laderas y quebradas que iban siendo invadidos y colonizados por los barrios populares”. Hay, entonces, en lo brujo de la turba que bajó en 1989 de los cerros a la rebelión-masacre (en ese devenir-manada de “cada uno abriendo su cuerpo a conexiones”, que luego coagula en el cuerpo militar bolivariano), una huella muy nítida de la diosa (¿devenir-mujer?) y sus potencias. Y en la diosa y sus potencias, una síntesis del destino trágico de los pobladores campesinos de Venezuela, entre el polvorín de combustible que los desplazó a las ciudades (cadáveres), la herencia heroica de los libertadores (cadáveres), y la herencia masacrada de los indígenas y los esclavos rebeldes (cadáveres).

En esa imagen en el billete de 20, que es igual a la diosa María Lionza, pero no es ella, puede leerse, entonces, una grieta, que en la corriente abierta por la turba, y continuada por lo que hay de ella en el cuerpo militar bolivariano, se abre entre el oficialismo y las redes de propietarios. Ahí, en esa nebulosidad, que deja algo imperceptible, por fuera de la institucionalización, adivino una de las formas que tiene la zanja donde sigue vigente la alianza abismal entre la turba y el cuerpo militar bolivariano. La otra es el error: patria, socialismo o muerte. Al glosar la consigna dicotómica guevarista, el cuerpo militar bolivariano deja colar una imprecisión sintáctica, que en la reproducción masiva inmediata del espectáculo de la burocracia, se multiplica y se instala. Y así queda en la memoria esa extraña disyunción, donde el socialismo es una alternativa entre la Patria y la muerte.

Creo que ese socialismo (el del error, el de la imprecisión, el de lo imperceptible), es el socialismo de la turba (de la tumba): el que sobrevive y sobremuere como flujo, como espíritu, como devenir, más allá de los cuerpos vivos que lo encarnan, y las percepciones que lo fijan en espacios de poder. Es el socialismo que, como la rebelión de esclavos, no vence ni aún venciendo, y así mismo es invencible, vivo eternamente como horizonte y horizontalidad: fluye, como el culto a María Lionza, esquivo a la jerarquización y la jerarquía definitiva, y no le tiene miedo a mirar más allá de su propia muerte y la muerte del capitalismo, porque sabe que ese es su tiempo. Es la forma tanatofílica de la esperanza que dibuja el Cayapo Ramón Mendoza en su premisa: el capitalismo es un cadáver entubado . Mientras tanto, y por si acaso, el socialismo de la turba se nutre de la alianza con la Patria y el cuerpo militar bolivariano; de sus refugios, sus proclamas programáticas y sus objetivos, al tiempo que trata de protegerse de los criminales en sus cuerpos de seguridad , su burocracia corporativa y sus organismos judiciales corruptos; de las “bandas de delincuentes que querían apropiarse de lo obtenido por el pueblo en la pelea noble y solidaria”, y de los mercenarios armados y la propaganda de las redes de propietarios. Todos ellos, los que no declaran la guerra pero la practican; los que no tienen proclamas programáticas ni lemas patrióticos pero sí objetivos a corto, mediano y largo plazo, son (ya lo sabemos) el mismo enemigo que, por ahora, no ha dejado de vencer.

*Tomé para el total, entre 1989 y 2007, las cifras oficiales disponibles. A partir de 2007, tomé las del Observatorio Venezolano de Violencia.

 

Eduardo Febres

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