Paredón, paredón

Notas y desagravios en torno a El secreto de sus ojos de Juan José Campanella.



Notas y desagravios en torno a El secreto de sus ojos de Juan José Campanella.

¿Cómo era hablar de la última dictadura militar argentina a mediados de los noventa? Me acuerdo de alguna charla sobre el tema con amigos del secundario. La idea de los militares que habían sido liberados por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final flotaba como un trasfondo implícito. Cualquier apelación a la Justicia quedaba invalidada a priori, o se cargaba de notas al pie. Las Madres de Plaza de Mayo sostuvieron desde el principio la postura de rechazo a toda forma de justicia por mano propia, y reforzaron su interpelación a un Estado que debía hacerse cargo de los crímenes cometidos. Pero también esto formó parte de un aprendizaje, de una educación sentimental y política, para muchos que como nosotros empezábamos a hablar del tema. Apostaría que en esos años de anti-menemismo, muchas conversaciones de amigos o compañeros desembocaban en algún momento en esta fantasía, la de preguntarse qué le harías a Videla o Massera si pudieras hacerles algo. Esa respuesta a una pregunta tengo en el recuerdo de haberla discutido con algún amigo, antes o después de comentar un disco de Todos Tus Muertos o un sketch de Cha Cha Cha. Me acuerdo también, del tipo que le pegó una piña a Astiz en la calle y llevó el debate a la tapa de los diarios, algunos años antes de los foros de Internet. ¿Cómo era hablar de la justicia antes de la Justicia? ¿Y cómo es después, si hay un después?

Morales (Pablo Rago) va todos los días a las estaciones de trenes, se sienta en un banco y mira pasar a la gente. Lleva una foto del acusado de asesinar a su mujer porque quiere ayudar a la Justicia. Allí lo encuentra Espósito que no se atreve a decirle que su caso fue archivado por el juzgado. Frente a esta escena, es difícil no pensar en la historia argentina reciente. Ese arco que va de las marchas del silencio en Catamarca por el crimen de María Soledad, hasta el proceso por el incendio de Cromañón. Familiares, padres, hijos. En Argentina, la ficción emblemática de la interpelación pública a la Justicia está lejos de esa escena clásica del cine y la televisión norteamericana. Aquella del juicio oral, vibrante y decisivo. En el imaginario político argentino las escenas son más parecidas a las de El secretos de sus ojos. Esa puesta aporteñada del cuento de Kafka, en el que un campesino se sienta a esperar ante las puertas de la Justicia, y que esta vez transcurre en la estación de Constitución. El guardián apostado es Espósito (Ricardo Darín), el empleado del juzgado. Y lejos de disuadir a Morales mientras espera lleno de paciencia, hace todo lo que está a su alcance, y mucho más, para responder a su demanda. Lo ayudan su colega Sandóval (Guillermo Francella) y su jefa Irene Hastings (Soledad Villamil), con los que compone una modesta Armada Brancaleone de la justicia argentina.

Ya se sabe, no lo logran. Un funcionario de la Triple A libera al asesino condenado. Matan a Sandóval, y Espósito debe exhiliarse. Cuando veinticinco años más tarde éste reconstruya la historia, descubrirá el secreto de Morales. Lo hallará convertido él mismo en guardián, personificando a la Justicia y el Estado que se ausentaron aquella vez. "Cadena perpetua, como vos dijiste", le dice el viudo a un mudo Espósito, cuando este lo descubre. Suena malintencionado el elogio de la venganza, que algunos pretendieron ver en la película. Morales está consumido por los años, y vive sólo en el campo. Su vida parece dedicada por entero a sostener el encierro del asesino de su mujer, y el grotesco de la situación remite menos a la idea de un justiciero, como los del cine norteamericano, que a aquél cuento de Borges en el que una familia de peones rurales analfabetos oye leer la Biblia por primera vez. Su modo de entenderla es a la vez literal y subjetivo, y los lleva a armar una Cruz para sacrificar al hombre que les leía. También Morales sigue al pie de la letra las palabras de Espósito; hace con ellas su propia interpretación del código penal.

El llamado a una reconciliación nacional se transformó en latiguillo de políticos e intelectuales opositores, desde el reinicio -durante el gobierno peronista de Néstor Kirchner- de los procesos judiciales a los represores de la última dictadura. A la vez, proliferaron las acusaciones por la política de Derechos Humanos del Gobierno, pese a continuar lo iniciadio por el radicalismo en los ’80. Se lo acusó de maquillar los hechos y manipular la opinión pública. Por otra parte, partidos de izquierda, y ciertos sectores de la sociedad, que durante años habían protagonizado las manifestaciones y las jornadas de lucha en reclamo de justicia, pasaron también a denunciar o desconfiar del proceso, en lugar de reivindicarlo como la construcción colectiva que era. En este punto El secreto de sus ojos, como lo hacía Los Rubios, entre otras películas de los últimos años, se separa de los modos más transitados de repasar la historia de los años setenta, del testimonio, la denuncia o la evocación de la militancia, más o menos críticos de las respuestas institucionales elaboradas por la sociedad argentina respecto del pasado reciente. La película es más bien un relato sobre una recomposición, la vuelta a un orden posible en los años que siguieron al retorno de la democracia, en contrapunto, por ejemplo, con Vidas privadas, la película de Fito Paéz en la que los efectos de la dictadura perviven como trauma imborrable en la vida cotidiana de una antigua militante, torturada por los militares.

Melodrama policial, El secreto de sus ojos está protagonizado por "personas -sobreactuadamente- comunes", que habitan bares y oficinas, los ámbitos más rutinarios de la vida social, pero también más emblemáticos para la historia de la represión en Argentina, como el Palacio de Justicia o un estadio de fútbol. Si los hilos argumentales de cada relato tienden por momentos al inverosímil, cobran sentido pensados como un ensayo alegórico. La puesta en escena de los modos en que una sociedad, y los personajes que la representan, saldan, o intentan saldar, las cuentas con su pasado. Allí está Morales recluido como un monje decidido a expiar las culpas propias y ajenas, pero también su contracara, el cuento de hadas de la película protagonizado por Darín y Villamil, que vuelven a encontrarse veinticinco años después para vivir la historia de amor que los empleados de la triple A, y demás esquirlas de la Historia, habían impedido. Aquí pueden pensarse desafíos al escepticismo sobre el rol de las políticas de Derechos Humanos en la Argentina. Al revanchismo setentista, excesivo, que aducen sus impugnadores, Morales opone su insoportable -insostenible- continuación de la Justicia por otros medios. A las denuncias sobre la farsa de los Derechos Humanos -como la pretensión de disimular la verdadera dimensión de los crímenes-, se opone el inquietante milagro hollywoodense, el amor que supera todos los obstáculos. El Secreto de sus ojos, en la figura de Morales, hace un elogio por la negativa de los procesos que llevaron a reconstituir un orden político y judicial luego de la reinstauración de la democracia. El desenlace feliz de la historia de amor de Darín y Villamil, es más tenebroso. Pone en escena la posibilidad de que las heridas hayan cerrado y el curso de la vida privada y social siga adelante. Tensiona ese discurso que comenzó a construirse en los años ’80 con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, y se consolidó con los indultos del menemismo. La idea de una impunidad que viciaba en su origen a las Instituciones del Estado argentino, y transitivamente hechaba un manto de sospecha sobre el resto de la sociedad. En El secreto de sus ojos, el beso postergado hasta el final tiene lugar en un despacho del Palacio de Tribunales, y el hecho de que esto no sea interpretado como un gesto de cinismo insoportable, sugiere cambios importantes en la situación política y cultural en la Argentina de los últimos años. Abre las puertas para algo tan resistido como un balance positivo de los logros alcanzados por la sociedad, no sólo a través de un Gobierno sino del entramado de organizaciones, partidos y demás actores que sentaron las bases con su accionar para que el cine pueda darse, finalmente, un lujo como este. El de escribir un happy ending de la violencia política en Argentina, un privilegio merecido después de tantos años de que Hollywood monopolizara los derechos de aquél asombro, "El mundo se derrumba y nososotros nos enamoramos".

Si los enredos de nazis y judíos de Tarantino tienen una comparsa de críticos esperando a la salida del cine, para escribirles el comentario más elogioso a sus alegorías teñidas de sangre, Campanella sigue remando. A duras penas cosechó algo más que tibias reticencias a su populismo costumbrista. No está solo. Dista de ser el único fenómeno político cultural en Argentina, que recibe el doble standard de la lucidez analítica, siempre en su versión más defectuosa. Esa mezcla de ninguneo y táctica de "tierra arrasada", cuyos logros más evidentes son la formulación de injurias que, en manos desprevenidas, terminan por convertirse en elogios letales.


Carlos Gradin

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