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De choris, bondis y cocas Apuntes sobre clientelismo, voto bronca y transporte de votantes. Y algunas ideas a partir de la obra de Lucas Di Pascuale y su parodia de la democracia argentina en la Fundación OSDE por
UNO. México DF, julio de 1976. El sistema electoral del país, diseñado por el Partido de la Revolución Institucional (PRI) para su propio beneficio, lleva la ilegitimidad del régimen de partido hegemónico hasta el paroxismo: en las elecciones generales del 4 de julio de aquél año, hay una sola fórmula presidencial para votar, la que encabeza José López Portillo. También se eligen 237 diputados federales y 64 senadores. No hay otras alternativas a López Portillo. El principal partido de oposición, el derechista Partido de Acción Nacional (PAN), atraviesa una crisis interna muy fuerte, y no solo ha decidido no presentar candidato a presidente, sino que además llama a anular el voto. Hay otros dos partidos de centro derecha que apoyan los candidatos del PRI, y después está la izquierda, mayoritariamente aglutinada en el Partido Comunista Mexicano (PCM), ilegalizado desde 1940. A diferencia del PAN, la dirigencia del PCM sí decide presentar un candidato a presidente, el dirigente ferroviario Valentín Campa, porque según los cálculos de la cúpula del PCM, esto serviría para castigar realmente al régimen, dado que en México no existía una tradición de electores que fueran a votar para anular su voto. El sistema de votación mexicano de aquellos años no ha variado demasiado del actual: cada elector tiene una boleta con los nombres de los candidatos, y un espacio en blanco para los candidatos “no registrados”, que la gente puede escribir de puño y letra. Demás está decir, que los votos que decían “Valentín Campa” no eran fruto del libre albedrío, sino de una directiva del Comité Central del Partido, cumplida a rajatabla por afiliados, militantes y simpatizantes comunistas. O sea: los mandaron a votar de esa manera, y a los que hizo falta, los fueron a buscar a la casa y le dieron las órdenes del caso. Y si había que darle un sandwich, se le daba.
Los resultados de las elecciones le dieron la razón a los dirigentes del PCM: mientras que el voto nulo fue un desastre (no superó el 2%), los comunistas, aún ilegalizados, obtuvieron 923.000 votos (5,39% del padrón). Este caudal de votos obligó al electo presidente López Portillo a impulsar la reforma política de 1977, que no solo modificó el régimen electoral, sino que además legalizó hasta los partidos que se habían volcado a la lucha armada. Por lo demás, la presidencia del López Portillo (el candidato que no compitió contra nadie) es recordada como una de las peores del México contemporáneo, por ser entre otras cosas la que arrastró al país a la peor crisis económica de su historia, y una de las que más denuncias por violaciones a los derechos humanos tuvo en su contra. Se pudo haber evitado, seguro, si los miserables del PAN hubiesen decidido hacer otra cosa con sus votos. DOS. Buenos Aires CF, septiembre de 2009. Luego del cimbronazo que nuestra joven democracia sufriera en 2001 (estallidos sociales, represión estatal, cinco presidentes en una semana, crisis del sistema de partidos, etc.), ha quedado claro que, si bien todavía nos debemos para nuestro sistema una serie de mejoras impostergables (como por ejemplo que así como todo el mundo tiene derecho a elegir a sus representantes, también lo tenga para darle un plato de comida a su familia todos los días), es de lo mejorcito que podemos tener.
Y ha quedado claro, también, que los problemas sociales se resuelven con política, y no con chapuceo mediocre pronunciado en alguna esquina de Barrio Norte, bajo la mascarada de “Asamblea Popular”. Muchísimo menos con un “voto bronca”, que no trae consigo una denuncia a las enormes inequidades e injusticias sociales, sino que se trata de un griterío cachivachesco, cimentado en las inseguridades propias de una sociedad que no tiene sentido alguno de la autocrítica. Otro triunfo de “los noventa”. Pasados los años, lo “antipolítico” ha fracasado como discurso y como praxis. Hoy día, hasta el tándem Macri – Michetti reivindica a lo político y los políticos, como herramientas y sujetos para el cambio social, por encima de los tecnócratas del neoliberalismo. TRES. Deberían saber los que todavía insisten con elogiar la performance dicharachero-conservadora del artista Lucas Di Pasquale, que lo antipolítico ya dejó hasta de causar gracia. No hay nada más patético que la broma pasada de moda. Los tacheros (con todo respeto) son la única tribu urbana que se ríen de los chistes que están demodé. Por eso Radio 10, el Negro Oro, Baby Etchecopar y la mar en coche. Supuestamente, lo que hace Di Pasquale es repudiar el clientelismo político a través sus intervenciones callejeras, que van desde la gráfica, hasta el transporte de personas que se ofrecen para ser llevadas a votar, y luego ser fotografiadas, para completar la intervención. El acto. Un mamarracho de discurso facilongo, efectista, que todavía permanece agazapado para volver a sus mejores épocas. Que las tuvo, seguro. Las imágenes pertenecen al proyecto PTV (Partido Transportista de Votantes), iniciado en 2003 por el artista cordobés Lucas Di Pascuale. "El transporte clientelar de votantes corrompe los cimientos de nuestra joven democracia, por lo tanto debe ser extirpado del sistema. Para extirparlo nace el PTV. Por un Transporte de Votantes totalmente Independiente" (del estatuto del Partido Transportista de Votantes). Sitio oficial, acá. La muestra del proyecto PTV puede visitarse en el salón de la Fundación OSDE en Buenos Aires, hasta el 7 de noviembre de 2009. |
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