Lecciones de geografía

Texto para la muestra "Barda del medio", de Mercedes Azpilicueta y Pier Cantamessa, en el C.C. Borges



Texto para la muestra "Barda del medio", de Mercedes Azpilicueta y Pier Cantamessa, en el C.C. Borges

te mostré los dibujos sobre la puerta y la pared

y miré detenidamente cada uno y los toqué

quise abrazar tus ojos calientes

y quise contarte

que desde el balcón veo el agua y la luna

y que muchas veces pienso

que un barco me pasa a buscar y pego un mega salto sobre alem

para ir a la isla más remota

Mercedes Azpilicueta: Con el agua hasta la cintura, inédito, 2008.

Barda del medio es un pueblo en la provincia de Río Negro, al margen del Río Neuquén, en el borde que limita con la provincia del mismo nombre. Cerca del pueblo está el Dique Ballester, una de las obras más monumentales de la ingeniería argentina de principios del siglo XX. Desde que el brazo del río que separa la isla del territorio rionegrino se secó, la Isla del Manzano dejó de ser una isla y la provincia de Río Negro la reclama como propia.

Otra isla que desapareció fue Atlántida. Mucho se ha especulado a partir de los relatos de Platón y una ristra de arqueólogos creyeron encontrarla en diferentes puntos de la tierra. Pero no. De ella sólo quedan descripciones, alegorías, metáforas, poemas, imágenes mentales. En este conjunto de dibujos, objetos y fotos de Mercedes Azpilicueta, una especulación parecida nos puede hacer pensar que, si lográramos descifrar el código, una isla entera se armaría frente a nuestros ojos, con sus accidentes, colinas, montes, valles, plantas, animales, y habitantes.

De esta isla civilizada y en funcionamiento, el agua se llevó todo menos aquello que el empeño y la desesperación lograron aferrar en la corriente, a saber:
- una serie de pequeños objetos, ahora resguardados en un Museo Personal de la Devoción (lo que vemos son sus réplicas, en yeso blanco, y una maqueta de la erosión): juguetes, pedacitos de ramas, piedras, huellas, frutos, un cocodrilo, una casita, papeles para golosinas ya desaparecidas, etc.
- algunas postales tomadas en aquellos días de paseo despreocupado: dos plantas mellizas; una placa; regalos junto a una tumba anónima.
- marcas en el suelo, un suelo que se fue secando después de la inundación; y un grupo de herramientas para escribir un lenguaje nuevo sobre el polvo.
- una balanza, seguramente útil tras el nacimiento los habitantes de la isla.
- marcas en un fondo engañosamente acuático: fuertes, inmóviles, en los dibujos que parecen también espejos para reflejar el paisaje alrededor.

En ese quitar, raspar, devastar las superficies que vemos en los dibujos, está el gesto primordial de esta obra, recreándose en diferentes vías, todas ellas como caminos que se cruzan y llevan de un punto a otro. Dice Vilém Flusser (Los gestos, Barcelona, Ed. Herder, 1994):

“Escribir no significa aplicar un material sobre una superficie, sino rascar, arañar una superficie; y así lo indica el verbo griego graphein. La apariencia engaña en este caso. Hace alguno miles de años se empezó por grabar con varillas aguzadas las superficies de ladrillos mesopotámicos; lo que, según la tradición, constituyó el origen de la escritura. Se trataba, por tanto, de hacer unas incisiones, de penetrar la superficie; y de eso es de lo que se trata todavía. Escribir continúa significando hacer “in-scripciones”. No se trata por tanto de un gesto constructivo, sino de un gesto irruptor y penetrante.”

Esta idea tiene su paralelismo en la conocida afirmación que Freud hizo en 1905, de que el arte procedería por dos vías: la de porre (poner) y la de levare (quitar). Con esto se refería a la primera como propia de la pintura, mientras que la segunda correspondería a la escultura, en su vocación de tallar una materia y recortar lo sobrante. Sin embargo -y porque el tiempo y una experiencia colectiva nos distancian de aquella clasificación- desde entonces el arte ha mezclado muchas veces estas operaciones en diferentes direcciones. Así, en esta obra de Mercedes (nombrada en honor de un sitio nunca visitado pero muchas veces imaginado por ella), el costado más afirmativo está tanto en el quitar, como en el hacer-con-los-restos, en el uso del espacio, al que podríamos pensar como una escultura de la que se van retirando elementos y trozos de materia narrativa, y también en el diálogo con otros. Ahí aparecen los dibujos de Pier Cantamessa, impregnados de fe y de magia, como amuletos para el nuevo viaje. Nada hay en esta conversación que no esté vivo, ya no quedan seres embalsamados, ni souvenires de la destrucción, ni nostalgia: la pulsión del inventario, ese esfuerzo siempre condenado al fracaso ya que nunca puede ser todo lo absoluto que querríamos, dio paso a la fuerza que sale de esos surcos, como si éstos hubieran sido arados para sembrar imágenes que seguirán brotando, creciendo, transformándose.

Buenos Aires, agosto 2009.

Fotografía: Germán Ruiz


Leticia El Halli Obeid

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