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Propiedad privada, espacio sideral Repaso anticipado por los programas espaciales de los próximos años: el latifundio extraterrestre como agenda política con destino incierto por Si yo fuera marciano, comenzaría a correr J.G. Ballard “En un futuro previsible, al menos, el viaje espacial sólo adquiere sentido en función de esas ideas extravagantes y exageradas”, escribió en 1974 J.G. Ballard en su reseña de uno de los libros no ficcionales sobre el futuro más conocidos: Los próximos 10 mil años, del periodista inglés Adrian Berry. Berry partió planteos teóricos como la Esfera de Dyson (del físico inglés Freeman John Dyson, que propone crear una burbuja alrededor del sol para conservar su radiación) y describió a base de especulaciones la expansión de la sociedad humana hacia el cosmos; una depredación de recursos naturales extraterrestres, primero en el sistema solar, y después en toda la Vía Láctea. Por semejantes desproporciones, Ballard propuso leer la obra de Berry como un nuevo tipo de novela de ciencia ficción, desarrollada sin ningún tipo de marco humano o emocional. Pero, aunque el tiempo ya ha tirado abajo algunas de las predicciones de Los próximos diez mil años, no se puede decir que sus preceptos estén más cerca de la ficción que de los hechos: la visión general de esta obra no es contradictoria con la “visión del espacio” de George W. Bush, que orienta los proyectos de la NASA desde hace cinco años. Tras sufrir una reestructuración ordenada por el ex–presidente, las investigaciones y presupuesto de la agencia se concentraron en aumentar la presencia humana en el sistema solar y en conseguir recursos naturales y mundos habitables, dentro o fuera de él. “El destino del ser humano está en el cosmos”, dijo Bush cuando se formalizó el inicio de esta “nueva visión” (también llamada “visión del Presidente”) para los planes espaciales de la superpotencia. Y más claro aún fue Michael Griffin, director de la NASA hasta enero, cuando presentó en el Congreso el año pasado el proyecto Constellation, que coordina la creación de naves espaciales para implementar la “nueva visión”. “El objetivo final es establecer colonias humanas en el Sistema Solar”, dijo. Después de tres décadas en las que incluso la posibilidad de llegar a Marte perdió no sólo factibilidad sino interés, la brújula espacial del país más poderoso del mundo apunta en lo que va de siglo adonde había señalado el libro de Berry: a una expansión de la especie por el cosmos y a la explotación de sus recursos naturales; a esas ideas, según Ballard, “carentes de toda dimensión humana”. Pienso, luego existo La idea de utilizar la luna como plataforma de lanzamiento para misiones a otros destinos es una de las predicciones de Berry que se corresponden casi textualmente con los proyectos de la NASA de Bush Jr. En otros aspectos, como las posibles fuentes de agua extraterrestre, el camino tomado por la NASA y las especulaciones de Berry difieren: mientras él creía que se bombardearía la atmósfera de Venus con misiles de hidrógeno, la NASA estudia Saturno y sus lunas, en las que, según lo reportado por la Misión Cassini desde 2004, todo parece indicar que hay incluso océanos –océanos en los que, a largo plazo, la presencia humana puede ser “deseable”, según el folleto divulgativo de la “nueva visión”. Pero a diferencia de las predicciones de Berry, que durante tres décadas quedaron sólo en su imaginación y la de sus lectores, buena parte de los objetivos planteados por la NASA en 2004 para implementar la “nueva visión” –aún con demoras y a pesar de carencias presupuestarias– se han venido cumpliendo. La misión Cassini volverá en 2010 con noticias sobre agua saturniana; las sondas Oporttunity y Spirit estuvieron dos años más de lo esperado en la superficie marciana, mientras la MRO orbita el planeta rojo desde 2005, y la sonda Phoenix consiguió hielo en su atmósfera y su subsuelo; el 18 de junio partieron dos sondas a la luna que buscarán agua y prepararán una misión tripulada para 2020; en 2015 se espera que haga su primer vuelo Orion, la nueva nave para viajes tripulados a la luna y otros mundos; y la misión Kepler, desde marzo, busca planetas rocosos de tamaño aproximado a la Tierra cada treinta minutos, entre la luz de 100 mil estrellas, hasta 2012. Y volveremos a mirar arriba Como señalaba Ballard, la exploración espacial hace mucho perdió el poder de sacudir a la opinión pública. No es de extrañar que los avances conseguidos por la “nueva visión” no hayan pasado de ser una curiosidad tecnológica, una nota de color, o cuando mucho una portada de National Geographic. Incluso si se cumplen los plazos actuales y el ser humano volviera a pisar la Luna en 2020, no hay garantía de que esta vez la transmisión del evento tenga más rating que la inauguración de las Olimpíadas. Pero la búsqueda de planetas como la Tierra más allá del Sistema Solar –una de las acciones planteadas para implementar la “nueva visión”– podría devolver la atención de las masas al espacio exterior en los próximos años, e incluso meses o días. Kepler tiene la cámara más potente enviada al espacio por los humanos, y es el primer aparato capaz de detectar planetas rocosos que tengan un tamaño similar al de la Tierra y estén ubicados en una posición similar a esta, respecto a su sol y sus planetas vecinos. Incluso si Kepler halla pocos o ningún planeta "similar a la Tierra” (Earth-like planet es el término usado por la NASA) en estos tres años, el conocimiento humano obtendría el primer dato estadístico para despejar una incógnita esencial, que hasta ahora sólo ha sido tratada desde la especulación: qué tan comunes son en el Universo los planetas Earth-like. Si se consigue una primera respuesta no especulativa –aunque provisional– a esta pregunta, y la respuesta es “poco”, es difícil pensar que ésta no impactará más allá del ámbito científico y filosófico. No puede ser igual una sociedad que ignora qué tan común es en el Universo la vida como la conoce, a una sociedad que sabe que el suyo es un caso excepcional, entre millones de kilómetros cúbicos de frío y aridez. Si, por el contrario, Kepler halla numerosos planetas Earth-like, la “nueva visión” proyecta poner en marcha el Detector de Planetas Terrestres (TFP por sus siglas en inglés): un proyecto que contempla poner en órbita sendas máquinas que podrían no sólo identificar planetas “como la Tierra”, sino analizar su composición química, la presencia de oxígeno, y la posibilidad de habitarlos y conseguir vida –es decir, energía y recursos– en ellos.
Uno de estos aparatos es un potente coronógrafo, que bloquearía la luz directa de los soles para estudiar los planetas de su sistema –a diferencia de Kepler, que los identifica mediante los mini eclipses que produce su órbita. Y el otro, el Interferómetro, trabajaría con luz infrarroja en un titánico sistema de cinco módulos; cuatro aparatos, como reflectores gigantes, que apuntan a distintos grupos de estrellas y una máquina central que recibe la información –quizá el hardware más cercano a las desproporciones místico-tecnológicas de Berry que la NASA haya construido hasta ahora.
Pero, más allá de lo planificado, son imprevisibles los esfuerzos que pueden llegar a hacer las superpotencias y las grandes corporaciones en la exploración exoplanetaria, si resulta probable encontrar un planeta desbordante de recursos terrestres, listo para ser apoderado por un propietario. Latifundio cósmico El material de difusión no deja duda de qué representa la búsqueda de mundos habitables o recursos naturales en el espacio exterior para la “nueva visión”. Sólo con abrir la página oficial y ver el nombre que se le da a la búsqueda de planetas –“cacería”– queda claro que actualmente, como en las predicciones de Berry, la ambición por conseguir recursos consumibles es la gran motivación para la exploración espacial norteamericana, más allá de las inquietudes filosóficas y nacionalistas –especialmente cuando las otras potencias planetarias, más que como competidores, se ven como aliados en la búsqueda. “Así como Meriwether Lewis y William Clark no podían predecir al principio de su famosa expedición del siglo XIX que el Oeste Americano se establecería en 100 años, los beneficios totales de un solo emprendimiento exploratorio o descubrimiento no se pueden predecir por adelantado”, dice el folleto divulgativo de la “nueva visión”, haciendo una analogía con la conquista del Oeste que no puede tomarse sino como una declaración explícita del ánimo expansionista e invasivo de la exploración espacial en la era Bush. La preeminencia de este ánimo y la importante presencia de corporaciones privadas en todos los planes son quizá las certezas de Berry que más emparentan sus especulaciones con la “nueva visión”. “A medida que nos movamos hacia afuera en el sistema solar, la NASA dependerá más profundamente en las capacidades del sector privado para respaldar actividades en la órbita de la Tierra y en futuras exploraciones”, dice el folleto al explicar la transformación de la agencia. Así, Berry puede darse por satisfecho, pues una de las cosas que más parece emocionarlo a lo largo de Los próximos diez mil años es la presencia pírrica o nula de gobiernos en la búsqueda de recursos y expansión de la especie más allá de la atmósfera, y la preeminencia del sector privado. Incluso ahora, que la expansión aún no ha pasado de la Luna, ya las corporaciones tienen un papel protagónico. Orion, la nave que se está desarrollando para los nuevos viajes tripulados y para sustituir el Space Shuttle en los viajes de y desde la Estación Espacial Internacional fue encargado a Lokheed Martin, la primera contratista de defensa de Estados Unidos y del mundo. Kepler fue construido por Aerospace Ball Tecnologies, una subsidiaria de la envasadora Ball Corp, que quintuplicó sus ganancias durante el Gobierno de Bush con contratos armamentistas y espaciales. Y el Interferómetro sería construido por Northrop-Grumman, el resultado de la compra de la compañía constructora del Apollo –Grumman– por la compañía que construyo el F-5 –Northrop–, que hoy es el mayor constructor de barcos de guerra en el mundo y que desde su creación en 1994 ha absorbido más de 13 corporaciones, y ha sido uno de los primeros constructores de aparatos de vigilancia desde el 11 de Septiembre de 2001. ¿Sobrevivirá al “cambio”? A pesar de que ya partieron a la Luna las sondas LRO y LCROSS, para preparar la próxima misión tripulada –la primera ya envió las primeras fotos desde la órbita lunar y la segunda se espera que toque el satélite en octubre–, Obama pidió una “revisión profunda” del viaje programado para 2020. Sólo que cuestionando los 100 mil millones de dólares que le costaría al estado norteamericano la aventura, y no la “nueva visión” de la exploración espacial. Tanto es así que el coordinador de la comisión que hará la “revisión profunda” va a ser el ex director de la contratista de defensa Lokheed Martin. A menos que sobrevengan más catástrofes económicas, climáticas o políticas imprevistas que arranquen de raíz todos estos planes, nada parece indicar que algo cambiará el curso de la NASA, que hoy avanza en la insólita dirección que Berry especuló. Es muy posible que modificar la “nueva visión” no esté ni cerca de la recargadísima agenda de Barack Obama. E incluso, si llega a planteárselo, tropezaría –como en todo lo demás– con montos gigantescos de dinero invertido y poderosas corporaciones que probablemente no se mostrarán muy dispuestas a resignar sus intereses. Mientras tanto, también en la visión del espacio exterior, en Estados Unidos parece prevalecer la idea del Universo como un espacio a ser invadido y consumido por una minoría de los seres humanos, hasta las últimas fronteras y hasta las últimas consecuencias. Al parecer, comparten la megalómana premisa de Los próximos diez mil años, con la que –quizá por eso mismo– Berry no ha dejado de escribir y vender libros y artículos llenos de ideas no menos pomposas sobre el futuro: que ni siquiera una hecatombe nuclear detendrá el inminente avance de la humanidad hacia un imperio tecnocrático expandido por toda la Galaxia. |
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