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Un folletín sobre arte contemporáneo.
Primera entrega: Harrel Fletcher, pasado, contexto y problema.
Una de las suspicacias más difundidas
(que cubre el arco que va de la autolegitimación de la tontería a
una buena recomendación metodológica) a que recurren quienes tratan
de pensar o juzgar un objeto cultural en términos de momento histórico
es la de tratar de reconocer y actualizar el cúmulo de trivialidades
estandarizadas que nutre cada día la producción artística en un determinado
contexto: separar la paja de trigo, el acontecimiento meritorio de la
lista de recursos extendidos. Lo que es casi un acto reflejo de los
críticos (dictaminar partidas y llegadas de géneros, soluciones y
tendencias), puede sin embargo retomarse en otros términos que los
de la sanción de una obsolescencia o de una novedad. Sentenciar un
problema o un hecho como viejo es tan banal como declararlo contemporáneo;
la discusión de fondo debería ser, en todo caso, la de las razones:
por qué un problema resulta nuevo, por qué una agenda de temas tiene
vigencia, por qué debemos desprendernos de tal o cual recurso constructivo
o léxico. No se trata de formular disidencias abstractas, ni de reclamar
estímulos fuertes: sin dudas que, al encontrar a una cantidad ominosa
de agentes culturales reverberando en torno del decálogo de interrogantes
consabidos del arte contemporáneo, una opción discreta sugeriría
quemar las naves con discursos cuyo margen de seguridad en relación
con el tedio parece riesgoso. Pero el asunto de fondo parece ser otro:
si el cúmulo de discursos desde el cual se problematiza la producción
artística parece gastado, la atención debería dirigirse hacia el
punto en que un cuerpo de problemas antes insoslayables hoy carece por
completo de operatividad; tratar de distinguir entonces los motivos,
y por lo tanto la diferencia entre circunstancias históricas bien delimitadas,
por los cuales un tópico contemporáneo puede revelarse como, precisamente,
lo opuesto de la contemporaneidad (si es que vamos a hacerle caso a
Oscar Wilde y su idea de que "no hay nada más viejo que lo que acaba
de envejecer"). En este punto podríamos pensar en cómo una buena
porción de la discusión sobre arte contemporáneo camina en la dirección
opuesta: no la de diferenciar nuestro presente de cualquier entorno
epocal concreto (los años ’10, o ’60, o ’70 del siglo pasado p.ej.),
sino la de consensuar una agenda cerrada que sería válida tanto para
aquellos luminosos tiempos como para nuestro más modesto principio
de milenio, al parecer condenado al cover, al rebusque. Quizás
lo más grave de la pax romana que puede generarse en torno de esta
agenda, para un artista concreto, o para un proyecto estético o crítico
de cualquier índole, igualmente concreto, es que tiende a obliterar
la distancia necesaria con ese pasado (y con la obra y los problemas
de quienes podríamos llamar los "Grandes Maestros del Arte Contemporáneo")
y, en términos generales, con cualquier pasado que uno elija estudiar
o asumir; quizás aquella distancia con el pasado sea la condición
de poder comprenderlo, incluso usarlo, en lugar de intentar
repetirlo.
Feedback
Si bien en general uno nota que
los artistas contemporáneos googlean o tienen acceso a cualquier imagen
deseada (manifestándose esto en las repeticiones de superficie de lo
estudiado), se nota también una falta de verbo-contenido. Y si bien
se pueden mover superficies del ayer al hoy, es imposible mover contenidos,
dado que para estos últimos el contexto es único y fundamental. Asumir
un pasado, emplazarse en una tradición o frente a ella, implica posicionarse
de cara a estas dificultades, estos problemas; en cambio, transportar
un recurso, una línea de temas, motivos o referencias de una obra o
un artista al aquí y ahora denota que sólo se comprendieron las soluciones
explícitas en el material elegido: soluciones formales, en primer lugar,
pero también temáticas, incluso metafóricas. De este modo, se llega
solamente a una relación burocrática con lo hecho, no a una relación
política contextual. Y esto es válido tanto para las obras en
sí mismas como para los discursos que las organizan y que ellas mismas
articulan. Si bien nuestra
falta de programas que tienten una profundización de lo que una obra
puede decir o dijo es casi absoluta, si bien nuestros museos son galerías
y nuestros espacios de inserción tienen que ver mayormente con las
fluctuaciones del mercado y no con problemas asumidos como tales, todo
esto no quiere decir que el mundo haya quedado relegado a nuestras "sensaciones".
Lo que ocurre más bien debe pensarse como un sistema de retroalimentación
en circuito cerrado: la falta de programas devolutivos (artísticos,
críticos, curatoriales, museográficos) cumple con un modelo de obra
que lleva adjuntas y empaquetadas todas sus preguntas y respuestas.
El protocolo del arte contemporáneo standard minimiza la capacidad
de sobrevida de las obras en otros contextos en la medida en que impide
su interacción con otras demandas (la puesta-en-uso de una obra, sea
en otra obra, en un artículo crítico, en una hipótesis de investigación
o en una apuesta museográfica fuerte) y frente a este déficit de base
ninguna educación relacional inspirada en la cita es capaz de hacer
nada. Más bien se diría que, de este modo, las obras anulan la distancia
que la separa de sus propias preguntas, permitiendo exclusivamente una
especie de recepción automática: la sensación de estar caminando
por una calle y mirar en el reflejo
del agua los edificios y sentir el piso, okey. ¿A quién le importa?
¿Cuál era el problema a señalar o a resolver o a inaugurar? Trabajos
de este tipo, en los cuales lo único a corroborar es la buena o mala
infatuación de una artesanía y la reversión esperable de un motivo
teórico o crítico (lo que podríamos llamar el "problema-tic") tienen
un límite fundamental, y es que la única distancia crítica que permiten
es la de decir "me gusta/no me gusta", porque no dialogan de ningún
otro modo con el presente ni con el abanico de referentes que invocan.
Esto se deduce lógicamente de un parámetro contenido en la noción
de arte contemporáneo, o en el discurso que la instrumenta: cancelando
la distancia entre el presente y el pasado, se oblitera también el
espacio de pensamiento entre la obra y su propio presente, así como
entre los issues que el artista elabora y el espectador situado
ahora en una posición de recipiente pasivo de efectos preconcebidos.
Ambigüedad
Podría argüirse que la primacía
del gusto remite al consumo, y el consumo a la prioridad de las estrategias
comerciales. Pero esto sólo llevaría a posponer la discusión. Marginando
al mercado de las responsabilidades en torno al presente-problema
real, cuando uno va a una muestra tiene el derecho de plantarse
ante lo visto sin que le importen todas las excusas en la relación
artista-mercado. Se suele decir: esas obras del fondo son para vender,
esas obras que repiten fórmulas pasadas son para levantar, nada más,
no es que estén acá diciendo algo, no están para vos, en realidad
están para otras personas.
Pero los responsables son y siguen
siendo los artistas, los críticos, los curadores. Aunque esto no sea
ninguna novedad no es malo resaltarlo en un lugar como Buenos Aires
en el cual si uno visita la infinidad de muestras mensuales (y de galerías
que abren cada vez que un hombre respira en China) podrá percibir
la ambigüedad reinante. La ambigüedad es usada para todo: para lo
que se quiere decir, para disimular una falta de plan-intención, en
algunos casos para entremezclar un efecto de lindura (actualizado o
no) con el palpable conformismo de los planteos, sometidos a la siguiente
ecuación insoslayable: si el contenido es ambiguo lo que importa es
la superficie. La ambigüedad es un estilo o, más bien, lo que nutre
la condición de posibilidad de cualquier estilo o recurso que se quiera
implementar. ¿Cómo apelar, entonces, a un arte con posibilidades de
uso real? Este es el tema del presente folletín.
Harrel Fletcher
Tomaremos el caso de la obra
The American War del californiano Harrell Fletcher, que se mostró
cercanamente en la última Bienal del Mercosur. Un buen volumen de material
y registros puede encontrarse en la página del artista.
Básicamente la obra consiste en un archivo de fotos sacadas con una
cámara pocket en el Museo de los Vestigios de Guerra en Ho Chi Minh,
Vietnam, que podríamos dividir en dos grupos: las fotos sacadas a las
fotos del museo (generalmente de gente mutilada o con alguna secuela
visible de la intoxicación provocada por los armamentos químicos
utilizados por EEUU durante la guerra conocida en esta región como
Guerra Americana) y el de las fotos de los epígrafes en inglés y en
vietnamita correspondientes al primer grupo. Con este material,
Fletcher produjo una serie de exhibiciones (entre ellas la mencionada,
en Porto Alegre) y un libro, que organizaron de diferentes modos el
material fotográfico acumulado.
Las fotografías de Fletcher
tienen una característica insoslayable y común, que las consolida
como serie o cuerpo de obra: tanto las fotos de las fotos como
las de los epígrafes incluyen en el cuadro un pequeño margen contextual,
las paredes del museo, los marcos de las piezas o un fragmento del elemento
que las complementa (epígrafe o foto, dependiendo del grupo). Estos
elementos, tanto como las características del copiado analógico
elegido, le imprimen al trabajo una distancia factible con respecto
al material de partida. Se diría que las fotos de Fletcher documentan
más la mirada de quien recorre el museo que el museo en sí mismo:
por sus encuadres, su color y demás características formales, por
el modelo de cámara utilizado y el notable contraste con las fotos
originales a partir de estas variables, Fletcher teje una línea de
puntos al interior de la propia historia de la fotografía, acercándose
con los recursos, el instrumental y los procedimientos típicos de la
fotografía contemporánea a un legado iconográfico básicamente archivístico,
cimentado en la base técnica del documental clásico, la imagen histórica
y el fotoperiodismo. Pero este contrapunto de estilos y herramientas
formales nunca opaca ni recubre irónicamente la vehemencia comunicativa
del material presentado, un archivo de malformaciones de todo tipo padecidas
por niños, mujeres y ancianos. Bien al contrario, lo que podría ser
un juego metódico, formal o un gesto simplemente ingenioso, pasa a
ser una herramienta de uso político, que obviamente repercute no sólo
en el presente político americano, sino en diversos acercamientos artísticos
(conceptuales, conmemorativos, teóricos) a la problemática del horror
y memoria en relación con los museos, suficientemente elaborados todo
a lo largo del siglo XX.
Porque el recorrido americano
que Fletcher propuso a partir
de esta guerra americana (exhibiendo el trabajo en distintos lugares
de EEUU) no solamente apunta a un efecto de coyuntura relacionado con el renuente belicismo de la administración
Bush, sino que también hace foco en las estrategias que se implementaron
para plasmar distintas guerras y matanzas en términos estéticos o
museográficos: la crudeza verbal del trabajo reverbera sobre un horizonte
cultural, el de los museos históricos en EEUU, caracterizado por la
sistemática incapacidad de elaboración de las propias masacres, en
un medio institucional que siempre ha preferido recordar a las víctimas
del Holocausto o del socialismo real soviético. En este nivel es donde
Fletcher articula una crítica con respecto a los problemas y métodos
que, hasta aquí, han venido siendo característicos del arte conmemorativo
del Atlántico Norte: el viejo tema de la imposibilidad de representación
de la Shoah (uno de los lugares comunes más efectivos en lo que hace
a la producción industrial de museos y memoriales relacionados con
el nazismo) se ve discutido con violencia por una serie de imágenes
cuyo principal interés es el de mostrar, poniendo la gravedad de las
imágenes por sobre cualquier querella estilística, y que incluso posibilita
una infinidad de caminos comunicacionales, partiendo de la misma y sencilla
base de fotos sacadas con una cámara pocket: el itinerario exhibitivo
del trabajo y el libro de pequeño formato que reorganiza el material
señalan una estrategia activa de relocalización de evidencias y búsqueda
de público, constituyendo un prototipo de museo portátil. El interlocutor
de la obra no parece ser un perdido apotegma teórico relacionado con
la naturaleza de la representación, sino la completa estructura institucional
y financiera de los museos históricos y su vínculo conflictivo con
la elaboración contextual y política de las masacres. El punto remarcable
es que Flecher no expone sus trabajos en ningún espacio de la memoria,
ni parece preocupado por el tipo de efecto que se espera que produzcan
estos espacios en el público que les resulta específico, ni por la
distancia que media entre este público y el de las bienales de arte.
Según observaba Gabriel Pérez Barreiro (curador de la Bienal del Mercosur),
el trabajo se sitúa en una "tercera orilla", que arranca
al espectador del entorno bienalero en el que se desplaza sin depositarlo
tampoco en una filial de un museo del horror. Horst Hoheisel, el gran
artista conmemorativo alemán, repudió sistemáticamente los memoriales
físicos y su inexorable conversión en parques de atracciones visitados
por las familias los domingos a la tarde; también ha dicho Hoheisel
(y ha trabajado en ese sentido) que el verdadero recordatorio
de un hecho histórico nunca es otra cosa que la discusión pública
que se genera sobre ese hecho (y no la piedra de las estatuas, ni los
parques temáticos sobre centros de detención, ni las reconstrucciones
de campos de concentración estilo Disney). Del mismo modo, la obra
de Fletcher puede situarse entonces en un limbo institucional, con una
interpelación muy fuerte y un claro imperativo de repensar ciertas
prácticas.
Búsqueda de público y posibilidades de uso
Observando la
cantidad de estrategias que posibilita el trabajo en torno a la búsqueda
de público (montajes diferentes en cualquier ciudad, libro, proyección
de diapositivas, página de internet...) podemos afirmar que en ninguna
de ellas el trabajo altera la intensidad de su contenido, si bien cambia
de superficie, y podemos encontrar en ello una suerte de eficacia emigrativa.
Esto es sin dudas algo ya conocido, podría no ser importante en términos
formales dado que cualquier obra que haga base en la documentación
podría adjudicarse esa virtud. Pero lo que importa es el contenido
que emigra y no su capacidad de admitir diferentes formatos. Incluso
en el caso de Fletcher, el mecanismo se diferencia de lo habitual porque
The American War no es del todo una obra típicamente documental.
La obra no está haciendo alarde de un trabajo de investigación exhaustivo
(más bien todo lo contrario) ni nos está mostrando una deriva documental
arbitraria aventurera autoreferencial de lógica interna (a la documental
cinematográfico intimista nacional relacionado con la propia madre
y las propias vacaciones, etc.). A las fotos de Fletcher no les importa
ese bazar de recursos de uso para el artista, lo que les importa es
ser usadas y que esa posibilidad de uso sea, claramente, lo más relevante
en el trabajo. Es que Fletcher ni siquiera escribió unas líneas en
el libro, ni hizo ninguna intervención en el museo vietnamita, ni entrevistas,
etc., sino que fue rápido, hizo lo que debía hacer y partió. Las
fotos nos llegan sin ningún peso actoral. Este procedimiento se distingue
del profesionalismo formalista de corte administrativo que un Estado
o una empresa de catalogación o un refinado artista conceptual bien
financiado o un productor cultural hubieran puesto en la factura del
banco de fotos. Pero, ¿no es esta factura la que generalmente suscita
una recepción preconcebida? ¿No es la misma inmediatez de la obra
lo que nos confunde un poco, poniéndonos en la situación inesperada
de tener que pensar sobre ella? The American War logra
abrir estos interrogantes, y esta eficacia fundamental del trabajo nos
exige destacarlo del agobiante murmullo risueño de todos los días.
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