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Meteorología sináptica: Daniel Durand y sus modelos de formalización

Recorrido exhaustivo por la obra del poeta de los cielos de Boedo.



Recorrido exhaustivo por la obra del poeta de los cielos de Boedo.

1. Ninguna emoción salvo en el cielo.

      Oscurece,

      nubarrones bruscos se han detenido en el sur, no tan alto,

      sobre la cúpula de la iglesia, sobre la luz roja de la torre más alta;

      hacia el oeste nubes incandescentes se retuercen exprimiendo el último

      gas del fulgor solar. El cielo bajo del oeste por donde se hunde la tarde

      es una franja celestísima de suavidad y esplendor. Un helicóptero

      recorre la línea costera, lleva una luz blanca fija y otra roja parpadeante;

      sobre la casa, un murciélago derrapa gira baja sube y obtiene

      los primeros datos de la noche fresca; los ventiletes de las escaleras

      de un edificio se encienden de golpe y a los dos minutos de pronto

      todos se vuelven a apagar.

Con

este poema, y la leyenda "verano" como encabezado, Daniel Durand

abre El cielo de Boedo (Gog y Magog, 2004). El criterio organizativo

del libro es simple y efectivo: se trata de, precisamente, levantar

la cabeza y decir cómo se ve el cielo de Boedo en cada una de las cuatro

estaciones del año. Tratándose de un autor comúnmente acusado de

barrialismo, el lector podría prejuzgar que el cielo en cuestión estará

contaminado de locuciones idiosincrásicas, de una épica de empedrados

exclusiva y sustancial, de chaboneo de ultratumba, pero lo que hemos

citado nos sitúa abiertamente en muy otra senda: más que de mitología

urbana, se trata de un drama meteorológico y sus ramificaciones. Durand

pone en marcha un método observacional que se apresta a captar, mediante

una amplia gama de recursos expresivos, las vicisitudes de un momento

cualquiera del cielo de Boedo. Asistimos a los cambios estacionales,

a veces diarios, con tal grado de detalle que por momentos parecemos

estar frente a una novela de caracteres. El estilo de Durand, que por

el largo de los versos coquetea con la prosa poética, no prescinde

ni de los adjetivos rimbombantes ni del tono meramente informativo,

apela tanto a la metáfora alambicada como al giro oral, y sabe aprovechar

la respiración fraseística de una sintaxis que usufructúa al máximo

las oportunidades de la acentuación. Es claro que es la idea de

registro la que da congruencia a todos estos procedimientos, que

de otro modo podrían resultar dispares; si esto no ocurre en El

cielo de Boedo, si su interrelación resulta práctica e incluso

clásica, la causa de esto debe buscarse en el hecho de que la restricción

formal-constructiva que se impone Durand (hablar sólo de lo que se

ve arriba, en el cielo) habilita, a contrario, el concurso de todo un

arsenal literario especialmente útil a los fines proyectuados. El cielo

de Boedo es lo suficientemente cambiante y movedizo como para que sea

imperioso recurrir a toda la paleta de herramientas retóricas de la

literatura. A veces, la representación exige máximo laconismo (el

texto más breve del libro consta de este único verso: "Día de sol

puro y cielo continuo sin detalles"); otras veces, se requiere de

profusión, exclamaciones, griterío humorístico y hasta algún concretismo

(en el último poema de la serie veraniega, se lee:"... hhsaaaaa!!!

se van todos los colores!!! basta con el dolor del brazo / izquierdo!!!

basta de andar en páata!!!"). Que esta contraposición estilística

pueda tener lugar a menudo en un mismo poema es prueba suficiente de

una asumida apertura hacia el referente: debe hablarse específicamente

del carácter plástico del registro de Durand, capaz de modelizarse

de acuerdo a las necesidades de la representación. Ocurre que el cielo

de Boedo no es solamente sus accidentes atmosféricos: ya pudimos toparnos,

en el poema antes citado, con un helicóptero, un murciélago en un

techo, las luces de un edificio... Durand no encuentra en el cielo un

argumento escapista, una sublime construcción al margen del traqueteo

ciudadano, sino que enfrenta todas las mediaciones con que la civilización

decora el ancho orbe sin desaprensión y con método. El murciélago

que derrapa es tan constitutivo del cielo como el veteado agrisado de

aquella nube, y no es preferible la tonalidad resplandeciente del sol

al helicóptero que atraviesa la costa. El proceso poético de Durand

es realista en la medida en que es concreto: no abstrae su referente

respecto de la totalidad en donde éste tiene ocasión y sentido. Por

esa razón, el cielo cobra espesura y puede volverse, también, un telón

sobre el que se proyectan las emociones humanas:

      El aire

      está quieto, las nubes se detallan grumosas, desconectadas

      del

      impulso que las hace andar. En las bajadas suaves del sureste,

      confluyen,

      eso parece, millones de miradas: fiacas de las resacas,

      esperanzas

      de enamorados, la blasfemia de los locos, el arrepentimiento

      de los

      violentos, el dulzor de los colmados; sin tranquilidad,

      sin

      desenfreno, la noche va a recorrer estos aires veteados: franjas de

      otoño,

      hilos

      fríos de invierno, charcos resecos de calor. Estuvo por llover

      pero

      no llovió, estuvo por retroceder el aire hacia el verano pero no;

      vtodo

      casi pero no.

Durand

permite una comprensión profunda de la idea de "referente", tan

malquerida por la teoría literaria. En este libro, se trata, como el

título lo indica, de una cosa sensible, un existente exterior: el cielo

de Boedo. Sin embargo, la noción de referente ya comporta un movimiento

formal-literario: la selección. Durand elige hablar del cielo

y despliega sobre él un complejo tejido literario, un compuesto de

voces orales con epítetos acicalados, informes ralos y encendidas pasiones

humanas. El cielo de Boedo, pues, no tiene nada de autóctono, es más

bien un cronotopo, un principio constructivo sobre el que se articula

la poesía; parafraseando a Gambarotta, podríamos decir que se trata,

sí, de emociones, pero en el cielo. Piénsese que la sola alusión

al barrio de Boedo podría haber dado para toda clase de porteñismos,

tanguerías y miserabilismo, en suma, para un abigarrado localismo de

la particularidad, al que hoy estamos quizá acostumbrados. Resulta,

por eso, tremendamente significativo que Durand se sitúe en ese espacio

textual, harto transitado por distintos avatares de la historia literaria

argentina, con la inquebrantable voluntad de mirar para arriba y discernir

nubes recargadas de tonos violáceos, soles estridentes, pájaros veloces,

etc. Este procedimiento elude la simple paisajística social y pone

el foco en las posibilidades literarias de la climatología, y de esa

manera resitúa la problemática de la representación poética en su

justo término. Lo destacable de este libro de Durand es que muestra

que los referentes son ya formales: el Boedo que él está seleccionando

discute con otras aproximaciones posibles; no es nada menor que el poeta

ponga los ojos en el cielo, y no en la tierra. Considérese que un autor

congénere y compañero de Durand, Fabián Casas, se abocó ampliamente

al barrio de Boedo desde el punto de vista de la construcción de un

pasado feliz, contracultural, al margen de la lozana decrepitud del

mundo contemporáneo, cosa que puede verificarse en, por ejemplo,

El Spleen de Boedo, como así también en las diversas proyecciones

de su narrativa. Durand, claramente, no hace nada de esto: Boedo no

es para él una fabulación expresa sino objeto de un registro, pasional

seguramente, pero en todo caso más metódico que taciturno. Porque

en El cielo de Boedo no se trata, como ya ha sido puesto de manifiesto,

de una elección por la sublimidad deletérea del intangible aire boediano.

A diferencia de Casas, por ejemplo, Durand confiesa un cierto amor goetheano

por la existencia, por los colores de la vida. En su obra hay mucho

sentimiento, mucha electricidad, sin que esto signifique liso y llano

barroquismo: las aventuras cromáticas del cielo lo colman, pero no

por eso pierde la compostura. Más importante que destacar un "lirismo"

(término que tranquiliza mucho a los críticos literarios, que parecen

suspirar de alivio cada vez que un poeta contemporáneo, generalmente

dedicado a toda clase de horrores plebeyos, construye algún verso que

les parece digno de ser defendido desde el punto de vista de la belleza)

es resaltar que en este poema en particular se verifica ejemplarmente

que Durand, básicamente, escribe sin prejuicios. Su léxico no proscribe

ningún tono ni ningún sustantivo. Puede hablar prudentemente de "blasfemias"

y apenas más abajo concluir un poema con una locución oral como "todo

casi pero no". Resulta especialmente relevante esta generosa amplitud

lingüística, sobre todo teniendo en cuenta las espesas polémicas

que este tema suscita todavía en ciertos cenáculos de la poesía actual.

Este punto podría ser puesto de relieve apelando directamente a la

última serie de poemas de este libro, los cuales abandonan los requisitos

del clima y se abocan a narrar un despecho amoroso:

      anestesia

      de la madrugada:

      el escribiente

      está en pedo total

      luz:

      todas las luces de la casa prendidas

      estado

      del observador: re very very...

      poeticidad:

      hasta las manos

      tono:

      arrastrando todo

      intencionalidad:

      seguir hasta el final

      otro

      acicate: ella no te ama y te lo dijo, en la cara, como querías.

      lugar:

      casa de once con la mente en esa plaza

      velocidad:

      se derrama una lengua de miel venenosa

      intención

      del texto: oasis de la estridencia

      sonidos:

      todas las heladeras se hacen oír al mismo tiempo

      color:

      no, rencores indefensos

      posición

      del ojo: dados vuelta

      sensaciones:

      se muere el corazón

      bien:

      bien para el culo

      verdad: ella no

      belleza: ella

Este

es el séptimo texto de la serie "Guiones de poemas", que cierra

El cielo de Boedo. Todos ellos se organizan de modo similar: formulan

una pregunta, como de test emocional, y son respondidos de acuerdo al

momento sentimental en cuestión. La noción de registro ya no se aplica

a las aventuras del cielo, sino a las del espíritu despechado. El lector

sigue la intriga de una pasión amorosa efervescente y sufrida paso

a paso. Lo destacable de esto, si se mira bien, es que todas las "preguntas"

de este poema configuran algo así como si dijésemos las condiciones

de construcción poética. Se pregunta por la luz, por el estado del

observador, por el tono, por la intención del texto... En otros poemas

de la serie se interroga por el clima, el lugar, el día, pero se trata

de lo mismo: de una pauta de registro, de archivo. Podría hablarse

indolentemente de una escritura del yo, de un laboratorio de subjetividad,

etc., si no fuese porque las páginas anteriores de El cielo de Boedo

nos mostraron que el registro no se aplica distintamente al alma y al

clima; lo que lleva a pensar, más bien, que el verdadero asunto del

libro debe buscarse menos en este accidente del firmamento o en aquel

revés de la pasión romántica, y más en el sistema de procesamiento

computacional bajo el que ambas cosas deben subsumirse, i.e. formalizarse

literariamente. Durand apela insistentemente, en todos los poemas, a

los tres ideales platónicos (verdad, bien, belleza), sin que esto suponga

ninguna caída en un esencialismo poético, en la romantiquería descontextualizada,

resaltándolos, más bien, en su calidad de switchs formales,

que pueden activarse de un modo u otro. Véase este fragmento, del sexto

poema:

      bien:

      y bueno...

      verdad:

      qué sé yo!

      belleza:

      qué es eso?

O un

poco más adelante, en el noveno, cuando el desengaño amoroso ya está

totalmente consumado:

      bien:

      no, siempre el mal

      verdad:

      otro muñeco

      belleza:

      sí, la del avestruz

Las

vinculaciones de la poesía de los ´90 con la tradición literaria

han sido tema de larga conversación y ocasión de errores teóricos

de lo más variopintos. La inscripción de Durand en la iconoclasia

chabona fue, y quizás todavía es, cosa de todos los días; pero se

vuelve inexplicable cuando se la contrasta con estas explícitas y perfectamente

funcionales alusiones al platonismo. No obstante, Durand está igualmente

lejos de un repliegue en las holgazanas musas de la inspiración griega:

la verdad, el bien, la belleza, no son dioses a adorar, ni falsos ídolos

sobre los cuales escupir, sino pautas de registro, es decir, algo

a usar. Con esto, Durand se sitúa muy por delante del "problema"

de la tradición (si se la respeta, si se la ignora, si es de derecha,

si está antes, arriba, abajo, etc), y moderna y simplemente la utiliza

de acuerdo a su contemporánea necesidad formal. Este alto momento de

su trabajo poético debe enfatizarse.

2. Vox

Populi.

      cinco

      pa la pastaa veijjjjj?

      pa la

      pasta baseeee, un cinco

      no te

      pido un dié

      un cinco

      pa la birra

      ...

      pasá lescabio Lejandraaa...

      canuta!

      vo so canuta!

      si no

      fuera mi mejor amiga

      era

      boleta canuta pasá lescabioooo...

En una

entrevista realizada por Pedro Mairal, Durand declaró: "a mí me

gusta pensar en diferentes sistemas, diferentes estilos, ése fue al

menos el plan: no al estilo único, del autor que lo cultiva y lo cuida,

una vez alcanzado, como su quinta. De ese tipo de cosas, desarticuladas

del grueso de mis textos, hay varios ensayos o intentos".

Los versos arriba transcriptos, pertenecientes a Segovia (célebre

serie de poemas recientemente reeditada, junto con otros textos de diversas

épocas, bajo el título El Estado y él se amaron por Mansalva

en 2006), puede servir para ilustrar la inquieta labor poética de Durand,

amiga de la experimentación, variada, a veces desconcertante. Si Durand

podía poner en marcha, en El cielo de Boedo, un desarrollado

repertorio adjetival para enmarcar, casi como un crítico de pintura,

las variaciones y matices del cielo, cosa posible debido a su alta conciencia

referencial, entonces no debe sorprendernos que su "ciclo segoviano",

bien noventero, sea igualmente elástico en este punto, y que apele

a todas las posibilidades de la grafía para plasmar la oralidad callejera

de la consabida cultura joven-chabona-marginal-etc. Considerado integralmente,

el ciclo segoviano ofrece, en verdad, todo un mundo de personajes tan

ingenuos como bestiales, y podría recordar ciertas construcciones sardónicas

de Osvaldo Lamborghini, famosamente plagadas de seminalidad, alcohol,

violencia y lumpenproletariado. Pero Durand no tiene una raigambre tan

patente en cuestiones políticas, esa que salta a la vista en textos

como "El niño proletario"; él es, en todo caso, un lamborghiniano

sin partido. Como es sabido, el relato "El fiord" de Lamborghini

narra un nacimiento ensagrentado y orgiástico, una plétora bizarra

de fluidos corporales y lingüísticos de toda especie, y culmina con

todos los personajes saliendo gloriosamente hacia una manifestación

peronista; semejante final, que deja pensar que la corrosión y la inmoralidad

de las costumbres tiene potencial crítico en la lucha contra la burguesía

(supuestamente mojigata, temerosa y católica), no tiene posibilidad

en el ciclo segoviano de Durand. Esto podría entenderse aludiendo a

un simple hecho epocal: Durand no escribe estos textos en los altos

´70, sino a principios de los ´90, momento en que los estertores de

la revolución sexual le quedaban tan lejos como los ideales de la revolución

política que, rara pero usualmente, se le asociaban. De ahí que la

idea de una "transgresión", quizás operativa para comprender a

Lamborghini, sea enteramente impráctica en lo que atañe a Durand.

Tal vez precisamente en esto pueda hallarse el origen de ese curioso

apelativo que la crítica literaria hizo circular en su momento, el

de poesía chabona; quizás este término no designaba tanto

la inmersión cabal de ciertos autores jóvenes en las voces populares

como, más bien, la imposibilidad de los poetas de extraer de esto mismo

una fórmula utópica de "crítica" o de "negatividad" respecto

del sistema eurocéntrico-burgués-patriarcal. En Durand, verdadera

y ejemplarmente, la mítica ligazón entre trangresión sexual y revolución

política está rota. Este rasgo no le es exclusivo, pues nada muy distinto

se encuentra en ciertos momentos de la obra de Washington Cucurto o

incluso de Alejandro Rubio; en todo caso, importa subrayar que, sin

la pata psicobolche, la representación literaria de la obscena oralidad

popular ya no cuenta con la docta aprobación de los críticos izquierdistas

cómodamente repartidos en el arco francés que va de Bataille a Foucault

pasando por Lacan, y es, a la inversa, tachada de brutal, antiliteraria

y neoconservadora. Ahora bien, es dejando de lado estos meandros que

se puede perfilar la utilidad de la poesía chabona; de existir,

ella ostentaría el mérito de haber expuesto, con máxima energía

y en toda su risibilidad, la entera inoperancia del modelo político

del Mayo Francés, de las revoluciones que se hacen en la cama, etc.

      Por

      el ojo del choto

      yo lo

      veo todo roto

      (...)

      primero,

      a arremangarme

      el cuero

      que me sobra cuando la tengo muerta,

      y expuesta

      la cabeza a esta brisa de Febrero

      la voy

      a introducir en la boca del tintero.

      Azul

      entonces la sopeso con la palma, la miro;

      con

      trazo grueso van estas magnolias

      rosadas

      por debajo pero duras.

      Para

      vos va esta frenada:

      caucho

      para tus narices

      de provinciana

      emputecida,

      y para

      vos leproso canalla

      no te

      dejo ni siquiera cuarta raya

      y a

      la rima no la pulo

      no me

      importa metétela en el culo.

Estos

dos fragmentos corresponden al poema "Miel Daniels", perteneciente

asimismo a Segovia, y no dejan ver una aparatosa política del

cuerpo. Más importante parece ser, para Durand, el trabajo humorístico,

casi de picaresca, con las rimas ramplonas, tomadas en su entera simplicidad,

en lo que tienen hasta de ingenuo o aniñado. Esta vertiente, que paralelamente

han concurrido poetas tan disímiles como Verónica Viola Fischer y

Martín Gambarotta, pareciera encontrar en estas líneas de Durand algo

así como su formulación teórica cabal: la rima no tiene mucho más

uso que el grotesco, pero si de grotesco se trata apelar a ella no resulta

impropio; como escribió Fabián Casas en la contratapa de El Estado...,

en Durand "la belleza no se encuentra en la clase alta, sino en la

inmadurez, en la juventud". El uso de la rima soez, "inmadura"

se engarza, pues, directamente con la materia tratada, y es su expresión

retórica pertinente. La juventud durandiana no es idealista, sino prosaica,

llana: está al nivel del suelo, y los fulgores de su sexualidad, separada

de las connotaciones anarcolibertarias de antaño, no se representan

mejor que con una rima pavota. Otro tanto podría decirse de sus ambiciones

vitales en general: en Segovia perviven, aquí y allá, montones

de personajes juveniles, todos más o menos caricaturescos, simples,

sin profundidad (el poema "Caballitos de Troya" se compone de unas

cuantas estrofas, cada una de las cuales describe un personaje y algún

aspecto ocasional de su vida insignificante). Podría aquí enunciarse

una pregunta: si estos seres carecen de otro interés que no sea el

intelectual gusto por lo grotesco, ¿para qué fijarse en ellos? Quizá

no se trate de adjudicarles alguna autenticidad, algún rasgo impronunciable

que los vuelva puros o queribles, sino más bien de encontrarlos en

su coyuntura imposible y sin futuro, de contemplar, por decirlo de modo

patético, la derrota histórica de la juventud (tema que es también

de Fabián Casas, por nombrar sólo a uno):

      cuando

      voy a comé palo dela vieja

      ella

      me dice: voso drogadito Marcelo

      sochorro

      y mendigo y enfermo de la vena

      no sé

      qué vacé vo cuando me muera eh?

      me dice

      y yo le digo si total vo

      va guantá

      má que yo que yastóy

      por

      lo 45 del segundo

En Durand,

y en sus contemporáneos en general, no se trata de "la voz popular"

en general, sino de la voz popular de los jóvenes, los cuales,

tal como se lee en este poema, son fundamentalmente vagos, drogadictos,

ladrones, dependen de sus familias y no tienen ningún futuro. La intensidad

de este poema, que técnicamente podría tal vez parangonarse con los

mejores logros de un Juan Desiderio, estriba en la capacidad para relacionar

directamente el coloquialismo trastabillante y la ausencia de oportunidades

en la vida social. Así, las cuestiones relativas a la oralidad se invisten

de su ínsito contenido histórico: la elisión de ciertas consonantes,

las sinalefas brutales, la acentuación desdentada, no significan desterritorialización

de la lengua, sino juventud desocupada. Durand otorga a estos versos

un dramatismo que contrapesa el sentido satírico de otros textos de Segovia, y así es como le puede dar un volumen social a sus experimentos

lingüísticos, que en otros momentos de su obra parecen menos justificados

o efectivos. En verdad, Durand resulta endeble y hasta anticuado cuando

insiste en pijas megablandas y otros favores de la prosopopeya genital,

mientras que las líneas arriba citadas tienen hasta algo de clásico,

una vitalidad absorbente que se fija en la lectura.

3. Epicomic

      Entramos

      a la húmeda Bozedura en un mediodía blanco.

      Hasta

      el musgo de la calle caen trozos de mampostería

      que

      se desprende de las torres derruidas

      y de

      los altos palacetes en punta.

      Varios

      pájaros transitan el aire plano,

      nadie

      camina por el suelo esponja de la ciudad fantasma.

      Mañana

      mismo el pasto borrará nuestras pisadas

      y el

      único grito que lanzamos al aire

      buscando

      al Mayor

      volverá

      a nuestros oídos

      para

      alejarse de aquí con todos nosotros. Mañana

      llegaremos

      a Merv, cuyos viñedos miran tristemente al desierto.

Queda

todavía por examinar un breve y curioso evento del corpus de Daniel

Durand: el que se reúne en el libro El terrible krech

(Ediciones Deldiego, 1998). De estos poemas, Durand dijo en la entrevista

ya referida que consistían en "un intento pequeño de hacer comic

pero dentro del género poesía". No debe resultar esto demasiado

llamativo, pues este cruce fue corrientemente frecuentado por buena

parte de los poetas de los ´90. Pensemos sólo en Casas y en Gambarotta,

en sus obras que tan a menudo aluden directamente a ciertos hitos del

consumo cultural joven (Astroboy, Kojac), y que siendo muy distintas

no dejan nunca de hacer pulular un indefinido cúmulo de personajes

que se llaman Roli, el Tano Fuzzaro, Cadáver, Kwan-Fú-Tzú, delineados

con un trazo caricaturesco y rockero, menos realistas que suburbanos

y quilomberos, fundamentalmente jóvenes. Decididamente, El terrible

krech es un libro que se inserta en esa tradición, pero con sus

propias peculiaridades. El historietismo de Gambarotta estaba situado

en el barrio de Congreso, el de Casas en Boedo, pero el de Durand, estructurado

al modo de una road movie espacial que un poco recuerda a W.S.

Burroughs, se desenvuelve a lo largo de una larga lista de ciudades

imaginarias, como de ciencia ficción (Bozedura, Merv, Lísbury, Revella),

las cuales son recorridas por una vaga primera persona del plural a

bordo de alguna especie de transporte extravagante e indeterminado.

El tema del libro sería, pues, el itinerario de viaje; estilísticamente,

la atmósfera que compone Durand puede tender a generar un tenue misterio,

debido a que mayormente el lector carece de referencias orientativas

y no entiende mucho de lo que sucede. Predominan los nombres propios

inauditos, de ciudades y de personajes, los anchos desiertos, y por

momentos parece verberar cierto tono de heroicidad melancólica à la

Star Wars. Pero lo sustantivo es que todo este bagaje de industria cultural

joven es comprendido por Durand primariamente en lo que tiene de creativamente

sonoro; la pulsión historietística da lugar a la nominación desaforada,

a la invención de términos especialmente acordes a las necesidades

poéticas. El "krech", sin ir más lejos, no es exactamente algo

que cumpla una función narrativa, ni es una alegoría, sino que se

comporta como una existencia sonora o gutural, y de lo que se trata

es de ver cómo suena: es, en una palabra, un experimento objetivado.

Pero esto no debería conducir nuestro análisis hacia los ininterpretables

callejones del goce en el sinsentido del significante de la falta de

lo Real esquizoide, etc., porque de lo que se trata es de las condiciones

culturales de la experimentación, y concomitantemente de sus indicaciones

y resultados sociales. El terrible krech conjuga con naturalidad

la oralidad adolescente porteña y un raro y gracioso registro de fábula

fantasy:

      Nuestra

      Braneta es para bardear.

      Por

      este desierto de piedra lisa nos conduce.

      Nos

      deslizamos por el Krech. amamos

      nuestro

      polvo, el desorden del polvo.

      Detente!

      pico de pato! nariz de tiburón!

      Destapemos

      un frasco de perfume,

      hagamos

      bardear a nuestra Braneta

      que

      las Branetas están para bardear, eh?

Este

poema se llama "La vieja Braneta", consta de ocho versos, es sintácticamente

límpido, y no obstante resulta casi imposible entender qué es una

"braneta", qué significa "bardear" en ese contexto, qué cosa

tiene pico de pato y debe detenerse, etc. Pueden conjeturarse infinidad

de respuestas, pero esto es secundario con respecto al impacto léxico

que todas estas cosas terminan por organizar. Porque, en verdad, en

El terrible krech estamos ante una jerga juvenil, es decir, ante

una variante lingüística relativa a un grupo cultural particular;

concordarla con la glosolalia psicodélica de La naranja mecánica

de Anthony Burgess no sería quizás desatinado, pues de lo que se trata

en estos poemas es precisamente de esbozar una comunidad viajante, singular,

no libre de rasgos milenaristas y, en todo caso, lingüísticamente

diferenciada. Gambarotta dijo alguna vez que "puede haber textos que

tengan la cualidad de ser la voz de una tribu"; esta idea es perfectamente

diáfana en lo que atañe a El terrible krech. Por supuesto,

aquí hablar de tribu equivale a hablar de jóvenes:

      Un jardín

      como éste no hay

      vivo.

      Babilonia. los

      abuelos.

      Las

      rotadoras zumban cayendo

      desde

      los manzanos,

      deslizándose

      por el arroyo

      sin

      ondearlo. en las maquetas

      la suavidad

      fue el nervio conductor

      de la

      hoja que crecería, del

      agua

      que por aquí fluyese.

      Los

      jóvenes llegan hasta la orilla,

      al agua

      muda se entregan.

      Una

      rotadora pasa, emite una

      pequeña

      bocanada de polución holográfica.

Este

poema ("Las rotadoras del jardín") cierra El terrible krech.

El viaje ha llegado a término y los jóvenes acceden finalmente

a un jardín babilónico para entregarse, con un último hálito, al

agua muda, que sea lo que sea connota reposo. Semejante escena podría

pasar por misteriosa, pero no lo es tanto si conectamos esta juventud

metafísica y viajera con aquella meramente barrial, aplastada por la

miseria y que sólo atinaba a pedir plata para pasta base, representada

en el ciclo segoviano. Una es libre, viajera, digna de un desenlace

épico y dueña de un orgulloso idioma propio, mientras que la otra

se halla atada a la familia, su final se compara con el de un elemental

partido de fútbol ("yástoy / por lo 45 del segundo") y se aferra

al castellano como puede. La primera es palpablemente fantástica, la

segunda más bien lo contrario; que ambas juventudes resulten igualmente

caricaturescas no debe distraernos del hecho crucial, a saber, el carácter

resolutivo de un libro como El terrible krech. Para decirlo

llanamente, la realidad de los jóvenes del ciclo segoviano carece de

toda tragedia, de toda profundidad existencial, y cuanto más real es,

tanto más caricaturesca y bufona termina pareciendo. Por eso, la única

épica a que los jóvenes pueden aspirar es la del fantaseo de heroicos

viajes imaginarios por desierto vírgenes y ciudades desconocidas; en

este punto, resulta casi obvio el recurso al comic, género extraordinariamente

apto para conformar caricatura y epicidad en una unidad ideológicamente

convincente, pues con su ayuda toda la gloria y autenticidad que no

tiene lugar en la red sociopolítica concreta, que hace de los seres

humanos meras caricaturas prestidigitadas, obscenas y sin relieve anímico,

se puede descargar en la fabulación de una comunidad ética nómada,

desatada de los lazos sociales opresivos, esencialmente abstracta, que

no pierde su caricaturismo pero que sabe dotarlo, oportunamente, de

lo contrario de sí mismo: de espesor moral, de pathos, de subjetividad.

Como la de Casas, la juventud de Durand no puede llegar a adulta, no

puede tramitar el paso hegeliano hacia la sociedad civil, y su única

realización espiritual depende del conglomerado de historietas con

que se defiende de su irresolución histórica. Pero Durand no mitologiza,

como Casas, un barrio cualquiera para extraer de él las imágenes de

una cosmovisión acorde a los apetitos sensibles del vigor adolescente,

sino que, más mitológico aún, manda a sus jóvenes a pastar en el

desierto lunar, afuera del mundo. El terrible krech

lleva al máximo el deseo juvenil de fuga social, y lo significativo

es que esa fuga se construye con la iconicidad que proporciona la industrial

cultural; en ese sentido, Durand va tan lejos como se puede en esa dirección,

como chocándose con un límite, agotándola.


Damián Selci

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