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Economía política, cultura y urbanismo. A rebours de Joris-Karl Huysmans, la "experiencia Londres" y el parque temático como forma lógica del consumo. Walter Benjamin y la apoteosis de la mercancía en el viejo París. Andreas Huyssen, la memoria histórica y la arquitectura high tech en Berlín. Sergio Raimondi y el no-paisaje de Ingeniero White.
1. Merceología
Quizás al lector el término "merceología"
no le diga demasiado por sí mismo. Se trata de un vocablo extraño,
con aire a asignatura escolar, que nuestra época parece haber perdido.
En las siete líneas que le dedica, Wikipedia en castellano la define
como "la disciplina que estudia las mercancías, atendiendo al método
de obtención, a su estructura, al proceso de elaboración, así como
a su función o diseño". El enciclopedista de ocasión añade que,
hoy en día, la clasificación merceológica de las mercancías apunta
a "poder catalogarlas en la nomenclatura del comercio internacional".
¿Qué es la merceología, desde el
punto de vista del estudio económico general? Podría decirse que es
la ciencia que estudia las mercancías enfocando lo que ellas no son
en esencia. Sabemos que una mercancía, para ser tal, debe ser intercambiable
en el mercado, lo que implica que posea un determinado valor de cambio.
Sabemos también que el valor de cambio es un parámetro puramente cuantitativo;
como dice Marx, es magnitud (Wertgrösse). Pero la mercancía
también debe poseer un cierto valor de uso, i.e. ser útil en algún
sentido, y es esta utilidad la que se apoya en sus caracterísicas "materiales",
entendiendo por "material" un puro cúmulo de determinaciones cualitativas
relevantes, no importa si se trata de un producto de Adobe, de un servicio
de auditoría, de una excursión al Parque Nacional Quebrada del Condorito,
etc. Estas cualidades constituyen, pues, el campo de la merceología:
para decirlo con Marx, la merceología es la ciencia que específicamente
se ocupa del valor de uso, ajeno por definición al círculo de observación
de la economía política en sentido estricto, que se concentra puramente
en el valor de cambio, es decir, prescinde de todo lo que ocurre en
el nivel "material", i.e. cualitativo, de la vida de las sociedades
en las que predomina el modo de producción capitalista; la famosa "primacía
del valor de cambio" característica del pensamiento económico marxista
tiene estrictamente que ver con este límite metodológico: el origen
lógico del capitalismo no debemos buscarlo en ningún evento fastuoso
y estrafalario de la química del carbono, sino más modestamente en
la fórmula de reproducción del capital, d-m-d’ (dinero-mercancía-dinero
prima). Si seguimos el cine de James Cameron, sabemos que la rebelión
de las máquinas comienza cuando el sistema de defensa militar Skynet
se reconoce a sí mismo y reconoce al hombre, por ende, como una amenaza
potencial; si seguimos a Marx, en cambio, sabemos que el capitalismo
no se ve llamado a existir por las modernidades de la navegación a
vapor, sino que ocurre más bien lo inverso.
Para ser más llanos, digamos que no
tiene sentido problematizar de por sí los cambios en la estructura
material de las mercancías (si la industria o la "posindustria";
si el acero o los terabytes; si los trenes a vapor o las naves espaciales),
porque en el capitalismo es este lado del asunto el que prioritariamente
no importa (1). En un ensayo anterior tratamos de precisar
la diferencia trascendental entre valor de cambio y valor de uso, así
como sus consecuencias y exigencias formales para leer fenómenos culturales (2). Decíamos allí que el valor de uso por definición es cultural;
que no es necesario consultar al gerente de marketing para Latinoamérica
de Mercedes Benz (quien dirá infaltablemente que Mercedes no es sólo
un auto, sino todo un estilo de vida) pues la misma noción de valor
de uso apunta al entorno de inserción humano de las mercancías y que,
fundamentalmente, da lo mismo que se trate de tuercas para motores o
carteras de Louis Vuitton, en la medida en que lo decisivo ocurre en
otra esfera, a saber, la del trascendentalmente indiferente y puramente
abstractivo intercambio de mercancías. Si hoy en día hay quienes asumen
la "culturización del valor" como un fenómeno propiamente contemporáneo,
nuestra sorpresa debería ser mayor al entender que es a partir de las
fórmulas más sencillas del modo de producción capitalista que tal
fenómeno se torna posible y operativo. Lo que debe ponerse en primer
lugar es que el intercambio capitalista es, por definición, intercambio
entre propietarios; que para el propietario de mercancías, estas tienen
primordialmente valor de cambio, y que su valor de uso es para otro.
Dice Marx que:
Todas las mercancías son no-valores
de uso para sus poseedores y valores de uso para sus no-poseedores.
Por eso tienen todas que cambiar de dueño. Pero este cambio de dueños
constituye su intercambio, y su intercambio las relaciona recíprocamente
como valores y las realiza en cuanto tales. Las mercancías, pues, tienen
primero que realizarse como valores antes de que puedan realizarse como
valores de uso. Por otra parte, tienen que acreditarse como valores
de uso antes de poder realizarse como valores.
(3)
Aquí debe inscribirse el hecho evidente
de que todo puede "mercantilizarse" en el capitalismo, y no habría
que tener miedo al respecto, pues así viene ocurriendo rigurosamente
desde, al menos, el siglo XVI. Más interesante es notar que si, según
su valor de cambio, las mercancías apuntan a un poseedor jurídico
abstracto que pueda comprarlas (régimen de propiedad), desde
el punto de vista de su valor de uso apuntan a un consumidor humano
concreto, determinado, con deseos, necesidades y aspiraciones igualmente
específicos (síntesis de consumo). La merceología, entonces,
debe poder dar cuenta de esta inscripción funcional en la cultura del
valor de uso de las mercancías, entendiéndolas como tales, es decir,
situándolas de entrada en el plano de la economía.
Decía Marx, muy al inicio de El
capital, que el que una mercancía satisfaga necesidades del estómago
o de la fantasía "en nada modifica el problema" de la creación
de valor mercantil. Tener en cuenta esto nos permite captar el tremendo
alcance del análisis merceológico: puesto que las mercancías satisfacen
necesidades humanas de todo tipo, de lo más variopintas, tanto gástricas
como espirituales (informáticas, deportivas, eróticas), el problema
que se propone es el de entender de qué manera cada valor de uso se
incorpora significativamente en un horizonte cultural, un "mundo"
hermenéutico para el cual fue producido, y en el que su utilidad es
percibida como tal. En esta medida, en el ensayo antes referido propusimos
la fórmula mundo-mercado-mundo’ para estudiar la particularidad específica
de los valores de uso desde el punto de vista económico-general y resaltar
la mediación mercantil del contexto humano y cultural del circuito
del valor, así como su interrelación mutua y su resultante objetiva,
el mundo-prima: los valores de uso que la abstracción mercantil entierra
no son los mismos que vuelven, para decirlo con Stephen King, pues si
desde el punto de vista de su circulación las mercancías aparecen
fundamentalmente descualificadas
por el intercambio, desde el punto de económico-general necesariamente
son pluscualificadas por su intrínseca vinculación con el entorno
de recepción al que apuntan, lo que quiere decir simplemente que el
valor de uso, el sentido de las mercancías, varía de acuerdo con la
óptica del consumidor. No interesa aquí primordialmente si las marcas
de copos de arroz implementan un nutrido repertorio de superhéroes
para llegar al corazón de cada niño; en todo caso, la pluscualificación
económico-general explica estas operaciones, pero no se agota en ellas:
no se trata de examinar cualidades "culturales" superpuestas al
"valor útil técnico" de las mercancías, sino de que un cierto
número de particularidades funcionales de cualquier tipo sean percibidas
como relevantes por cierto consumidor igualmente singularizado. La pluscualificación
es para el segmento que puede reconocerla; se trata de un inherente
perspectivismo, y no de una eventual superfluidad. Parafraseando a algún
trasnochado lector de teoría literaria, podría decirse que los sentidos
de una mercancía son infinitos, lo cual ya fue puesto en claro por
el mismo Marx:
Toda cosa útil [...] alberga
un conjunto de propiedades disímiles y puede, por ende, ser útil en
diversos aspectos. El descubrimiento de esos diversos aspectos y, en
consecuencia, de los múltiples modos de uso de las cosas, constituye
un hecho histórico. [...] Los valores de uso de las mercancías proporcionan
la materia para una disciplina específica, la merceología. (4)
Así pues, no hay razones para pensar,
como sugiere Slavoj Zizek en el ensayo "Capitalismo cultural", que
hoy el consumo se ha vuelto "inmaterial" en la medida en que lo
que compramos no es tanto una mercancía particular (por ejemplo, agua
mineral), sino la participación en un determinado estilo de vida (el
naturista, el hippie-chic, el hipocondríaco, etc.) que estaría definido
más simbólica que materialmente (5). El error de este planteo
es el de creer que esta situación es nueva, propia del capitalismo
tardío-descentrado- cyberparanoide, pues en verdad las mercancías sólo
pueden intervenir en un horizonte dado, i.e. venderse, si a quien las
compra le deparan un determinado uso en un contexto cultural, y fundamentalmente
es lo mismo si se trata de guisantes al peso o agua mineral con etiqueta
francesa. Asumir el problema de este modo no implica tanto negar p.ej.
que existan las marcas, como poder explicar cabalmente su existencia,
entender su uso, su función y sus consecuencias. El consumo es siempre
y forzosamente una actividad significativa, y las mercancías que quieran
venderse deberán someterse, por el lado de su valor de uso, a una semántica
más o menos compleja. Aquí está la condición de posibilidad de toda
acción de marketing, publicidad, branding, etc. Pero debe acentuarse
que una mercancía no se pluscualifica primariamente por el gramaje
del cartón en el que está enmpacada, lo mucho que mejora nuestra imagen
o la profusión de signos que involucra en su particularidad, sino por
el puro hecho de dirigirse a un consumidor específico que la recibe
de un modo igualmente determinado. Lo que implica reconocer, más ampliamente,
que la distinción entre las necesidades del estómago y las de la fantasía
no tiene ninguna operatividad en y por sí misma, puesto que la pintura
moderna y las manzanas no son distintas para la forma de la mercancía;
y no fue un prototípico teórico cultural neoyorkino entusiasmado con
Chicks On Speed quien dio una formulación cabal e irremplazable de
este asunto, sino un mustio autor francés de fines del siglo antepasado,
Joris-Karl Huysmans, autor de una novela en su momento muy comentada, À rebours, que ya en 1884 indagaba en las condiciones de posibilidad
para la inscripción mercantil de todo valor de uso (de toda formación
cultural) posible.
Des Esseintes, el héroe de la novela,
es un vividor de rentas de origen aristocrático que, harto de la tosca
banalidad de la burguesía triunfante en plena IIIra República, anhelante
de placeres exóticos y nuevos estremecimientos, decide huir de París
hacia una casa en las afueras, para allí llevar a cabo una vida original,
capaz de colmar los más inusuales apetitos de su espíritu. No hay
otro conflicto en À rebours, razón por la cual la narración
avanza, más que por la plasmación sucesiva de las peripecias del héroe,
mediante la sucesión literaria de actos de consumo: lo que pasa en
esta novela, justamente, es el mercado mundial. Des Esseintes, una vez
decidido a radicalizar su sofisticación, se dedica a decorar su nueva
casa, lo que argumentalmente se traduce en un impresionante desfile
de mercancías de todas partes del mundo: telas de Oriente, bebidas
espirituosas de Latinoamérica, libros de la Baja Latinidad, objetos
suntuarios, perfumes, cuadros, etc., son algunos de los objetos que
el personaje valora y tasa de acuerdo con su gusto emblemático. Y es
este gusto el que define, a partir de la exégesis de determinadas mercancías,
un estilo de vida singular y provocativo, que la remanida crítica francesa
vinculó incansablemente con una ética del mal, con el diabolismo,
con lo antinatural, con el ¡fascismo! incluso, pero nunca con la concreta
merceología de las commodities capaces predicar todo esto y
más. Decía Marx que
si las mercancías pudieran
hablar, dirían lo siguiente: puede ser que a los hombres les interese
nuestro valor de uso. No nos incumbe en cuanto cosas. [...] Nuestro
propio movimiento como cosas mercantiles lo demuestra; únicamente nos
vinculamos entre nosotras en cuanto valores de cambio. (6)
Pero esta gran indolencia de las mercancías
con respecto al valor de uso de las otras mercancías, condición formal
de su intercambio, no tiene lugar aisladamente y, fundamentalmente,
no es transitiva a su propietario. En otro pasaje significativo de
El capital, leemos:
Lo que precisamente
distingue a la mercancía de su poseedor es la circunstancia de que
el cuerpo de cualquier otra mercancía sólo cuenta para aquélla como
forma de manifestación de su propio valor (...). Esta falta de sensibilidad, de parte de la mercancía, por lo concreto
que hay en el cuerpo de sus congéneres, lo suple su poseedor con sus
cinco y sentidos y más también. (7)
Esta cita de Marx nos ilumina un rasgo
primordial de la novela de Huysmans. Recordemos los aspectos principales
de la trama: Des Esseintes nos es presentado como un enfermo, víctima
atávica y liminar de males consanguíneos, último ejemplar de una
estirpe de nobles degenerada y endogámica. Por otra parte, su afición
por lo artificioso, por la bizarrería ornamental y las morfologías
enredadas ("nerviosas") comporta un tipo particular de gusto desviado,
al revés ("à rebours") que lo normal, lo trivial, lo esperable;
distinguir y relacionar estos dos núclos diegéticos (la patología
hereditaria y el artificio artístico) no interesa aquí tanto por las
hipótesis críticas que avalan (la primacía de Zola o de Baudelaire,
respectivamente) sino porque convergen desde el punto de vista merceológico:
en efecto, la salud endeble tanto como la misantropía de artista fuerzan
al héroe a distinguir su estilo de vida de aquel prototípicamente
aburrido de los gentlemen conservadores de su época, lo que equivale
a decir que el personaje se particulariza en función de sus modos de
consumo. La morada de Fontenay-au-Roses a la que se retira se convierte
así en un nicho, no tanto por los tesoros que alberga sino en el sentido
del market targeting: allí, en condiciones de pura aislación, con
completo control sobre todas las variables, un noble desahuciado se
dispone a consumir objetos de arte, bebidas, perfumes y libros que lo
inundarán de melodías y emociones y le permitirán olvidar el tedioso
whist de sus contemporáneos. Su estómago se resiente, su fantasía
cabalga, y sus utilidades financieras pagan por igual. El gusto y la
peculiaridad de Des Esseintes se expresan, en primer término, en la
capacidad que tiene de degustar más allá de lo natural: son memorables
las páginas que Huysmans dedica a la sinfonía de licores (una fiesta
bucal de aguardientes de todo el mundo que el personaje ejecuta mediante
un órgano) y a la tortuga de orfebrería (el animal, con un revestimiento
de oro y piedras preciosas engastadas en el caparazón, muere a los
pocos días). No es necesario insistir en la cuestión de las transposiciones
y sinestesias modern style (colores con ritmo, palabras que brillan,
comilonas cromáticas, etc., etc.) para entender que aquí son las
mismas mercancías las que se revelan capaces de remitirse significacionalmente
entre sí; la "infinita semiosis" de los valores de uso es en esta
novela explotada a conciencia como un permanente upselling decorativo,
que insistentemente recurre al catálogo, el inventario merceológico
del que surgen finas combinatorias: la pintura simbolista y la literatura
católica, las violetas acarameladas y las piedras preciosas, los grabados
de Goya y los cuentos de Edgar Poe, a los ojos del protagonista, conviven,
repercuten entre sí y plasman lo que en alemán se llama Gebrauchszusammenhang,
es decir, algo así como un "contexto integral de uso", un entorno
de inserción en el que definen su papel remisionalmente. No es nada
imprudente, en esta medida, señalar que Des Esseintes consume mercancías
"con sus cinco sentidos y más también"; los capítulos finales
de la novela incluyen una escena antológica, que parece tomada de William
S. Burroughs: el hombre que se alimenta por el culo y abre un nuevo
mercado como una veta en el mármol.
Debe ser especialmente relevante para
nosotros esta "remisionalidad" de los valores de uso. Como ya se
ha dicho, las mercancías sólo se relacionan entre sí en cuanto valores
de cambio; su concatenación en cuanto valores de uso, por lo tanto,
sólo puede estar a cargo del consumidor. Es éste quien, con sus cinco
sentidos y más, experimenta sus vinculaciones, encuentros y choques
plenos de sentido. Siendo el valor de uso una entidad semántica, remite
incesantemente a otros. Como es claro, esto ocurre antes de la internet.2,
incluso antes de la internet.1, y la vigencia del problema más bien
debemos clarificarla mediante otra página de la novela de Huysmans,
aquella en que la experiencia del viaje (con su inherente diversidad
de percepciones efímeras y contagiosas) aparece íntegramente parametrizada
en términos de consumo. En un momento único, Des Esseintes se harta
incluso de su refinadísima casa y decide emprender un viaje a Londres.
Prepara su equipaje, da instrucciones al criado y parte en un carro
tirado por caballos, bajo una lluvia decolorada y persistente. Pero,
camino al puerto, hace una parada en un bar irlandés: al entrar, encuentra
voces que conversan en inglés; luego, pide un poco de oporto; a continuación
siente el olor de una comida típicamente británica... Todo esto, sumado
al clima malo, le recuerda a nuestro amigo ciertos versos de Poe: y
en ese preciso momento, Des Esseintes comprende, iluminado, que ya
está en Londres. No necesita atravesar neciamente una molesta cantidad
de millas náuticas, porque la concatenación de las voces anglosajonas,
de la comida, del oporto y de Poe es para él idéntica a Londres:
Después de todo, ¿por qué
ponerse en marcha, pudiendo viajar tan ricamente sentado en una silla?
¿Acaso no estaba ya en Londres, cuya atmósfera, aromas, ciudadanos,
alimentos y hasta enseres de mesa, le rodeaban por doquier?
-Sin ningún género de
dudas, ya he experimentado y contemplado todo cuanto quería experimentar
y contemplar; me he saturado de vida inglesa desde que salí de casa,
y sería una locura exponerme a deteriorar tan inolvidables experiencias
merced a una torpe inciativa (A rebours, Cap.
11)
Estamos aquí ante lo que un hotelero
imbecilizado por la prensa cultural nos vendería como experience
management. Des Esseintes vive concienzudamente su "experiencia-Londres",
paga la cuenta y luego vuelve a su casa, renovado. Pero esta escena
de gran literatura sólo resulta cabalmente comprendida con las herramientas
de la merceología; poco avanzaríamos resaltando la consabida ética
antinatural del héroe de À rebours, y en cambio es claro que
lo que Huysmans está habilitando es, no sólo una perfecta descripción
del turismo cultural, sino más ampliamente una teoría trascendental
del parque temático o, dicho en otros términos, la merceología
de los conceptos. Un consumidor (Des Esseintes) sintetizó un cierto
cúmulo de mercancías (oporto, Poe, etc.) de acuerdo con un concepto
merceológico ("Londres"), teniendo esto por resultado un rico mundo
de experiencias afines, un parque temático pleno de sentido.
Quedan así delineadas las categorías
fundamentales de lo que rigurosamente debe entenderse como síntesis
merceológico-trascendental de consumo. Se trata, para expresarlo a
la manera kantiana, de reunir una diversidad sensible bajo un concepto
y para un sujeto, aunque no ya para responder a la pregunta en torno
a "qué conocer", sino más bien "qué consumir". Ilustrémoslo
mediante algunos ejemplos: un consumidor (el adolescente punk) reúne
una diversidad de mercancías (discos de The Ramones, piercings, pantalones
negros) bajo un concepto ("Rebeldía"). O bien, una madre de familia
aglutina detergentes anti-gérmenes, yoghurt fortificante y clases de
natación para sus niños de acuerdo al concepto "Hijos Sanos".
Llegados a este punto, el fenómeno del merchandising puede resultarnos
entendible y hasta sensato: en una de sus depresiones, Des Esseintes
recuerda la mermelada y los quesos que se vende a los turistas en los
templos de los jesuitas, quienes también supieron formar un concepto
merceológico hecho de tradición, espiritualidad y fruta fresca para
sostenerse en un mundo regido por la especulación inmobiliaria. No
es necesario dar más ejemplos; de eso se encargan, abundantemente,
los gerentes de marketing y creativos publicitarios, y más generalmente
cualquier persona a instancias de vender cualquier cosa. Una venta es
algo que sucede cuando se llenan adecuadamente las formas vacías de
la síntesis merceológico-trascendental. Por eso es tan necesario,
para el marketing, saber "qué necesita la gente", i.e. cuáles
son los conceptos merceológicos que viene manejando, cuáles se le
pueden proponer, cuáles cayeron en desuso, etc. Es crucial resaltar
que la forma lógica del parque temático detenta aplicación universal
en la economía capitalista porque, tal como dice Marx, sólo en la
venta se realiza el plusvalor contenido en la mercancía; y en esa medida
necesitamos de una merceología que dé cuenta de las condiciones de
toda venta posible. La "experiencia-Jesuitas", la "experiencia-Star
Wars", la "experiencia-Aira" que tenga el consumidor respectivo
de todas estas cajitas felices, nuevamente, representa algo por completo
secundario y en nada modifica el problema.
2. ¿Qué es el fetichismo de la
mercancía?
La prioridad de la síntesis de consumo
es lógica. Lo que demuestra el viaje a Londres de Des Esseintes es,
precisamente, su subordinación al intercambio capitalista, con la importante
consecuencia de que toda experiencia posible es traducible a determinados
valores de uso. "Londres" es un concepto merceológico,
en este caso propio de la industria turística, y el gran hallazgo de
Huysmans estriba en no permitirse ni por un momento dudar de semejante
evidencia; pero, ¿puede decirse otro tanto de la copiosa reflexión
culural que a lo largo del siglo XX se ha dedicado a pensar la experiencia
en la sociedad capitalista, más específicamente en las ciudades modernas?
Salta a la vista que el problema no fue seguido en la gran senda abierta
por À rebours. Largamente se pensó la experiencia, pero omitiendo
su funcionalidad estructural en la economía capitalista; más bien,
se tomó el término en sus acepciones filosóficas, se lo concibió
como un avatar del desahuciado ser humano que podía verse enriquecido
o privado de ellas, etc., con tanto énfasis que su utilidad mercantil,
su inserción económico-general, se vio totalmente eclipsada, quedando
como única tarea de la reflexión cultural la exégesis descontextualizada
y espectral de las "imágenes" del mundo burgués.
Inocultablemente, es hacia Walter Benjamin
que debemos dirigir la mirada en primer término. Benjamin se ha convertido
en un producto de marca de la crítica cultural marxista, pero este
último epíteto resulta hoy prescindible, dado que lo que se verifica
en sus textos centrales, antes que fundamentaciones consistentes de
fenómenos culturales en las leyes económicas del capitalismo, es la
caída sistemática y de principio a fin en una abigarrada ontología
de la experiencia. Es sabido que la idea de experiencia en Benjamin
se opone a la noción de shock. Así, el aura de la obra de arte
nos da experiencia, pero la reproductibilidad técnica la rompe; la
narración nos transmite experiencia, pero los obuses nos dejan mudos,
etc. En su ensayo quizá más conocido, "Sobre algunos temas en Baudelaire",
Benjamin afirma que Baudelaire pudo elaborar una paradójica "experiencia
del shock" que sirve para defenderse de la multitud, producto de la
modernización capitalista impresa en la convulsionada París. Es palpable
que el gran tema benjaminiano es el de la experiencia en la modernidad
como cuestión excluyente, desentendida del uso de toda experiencia;
y es en el fragmentario ensayo titulado Zentralpark (y conocido
como París, capital del siglo XIX) donde esta preferencia adquiere
su mejor exposición. Acudamos al texto, epigramáticamente sectorizado
en capítulos; en "Grandville o las exposiciones mundiales", leemos:
Las exposiciones mundiales sirven
para aclarar el valor de cambio de las mercancías. Crean un marco dentro
del cual su valor de uso pasa a segundo término. Sirven para inagurar
una fantasmagoría, en la que el hombre se deja atrapar para ser destrozado.
Luego, en "Baudelaire o las calles
de París":
La novedad es una cualidad independiente
del valor de uso de la mercancía. Es el origen de la apariencia, inevitable
en las imágenes que produce el inconsciente colectivo. Es la quintaesencia
misma de la falsa conciencia, cuyo agente infatigable es la moda.
Estas dos citas son suficientes para
elucidar lo que nos interesa. Subrepticiamente, el autor nos rememora
el fetichismo de la mercancía; la primera cita propone que son las
ferias mundiales las que posibilitan la "entronización de la mercancía",
con su elevación sublime y pagana del objeto; la segunda advierte que
la apariencia nada tiene que ver con el valor de uso, y que en cambio
es agitada por la moda... Pero, ¿qué es, en verdad, el fetichismo de
la mercancía? Tal como lo conceptualiza Marx, no tiene absolutamente
nada que ver con la moda, la novedad o las vidrieras, y es un fenómeno,
al contrario, estrictamente ligado al valor de cambio, dependiente por
entero del carácter social/privado de la producción capitalista: consiste
en que la relación entre los diversos productores sólo se vuelve social
en el intercambio mercantil, con lo cual lo que tenemos objetivamente
es una relación social entre mercancías, i.e. entre cosas -he
aquí lo que Marx denominaba los "caprichos teológicos de la mercancía".
Claramente, esto no se confunde con las exposiciones mundiales, con
lo "nuevo", ni con los locales de Nike. El fetichismo de la mercancía
no es nada sintomático, no tiene que ver con la obsesión por los pantalones
Levi´s ni con el fanatismo por los autos deportivos; es una apariencia
objetiva, formal (una Erscheinungsform), "invisible", es
decir, bajo ningún punto de vista es una "imagen" y, en rigor,
no se presta a ninguna manifestación sensible. ¿Importa este señalamiento?
Claramente: pues el núcleo de la crítica a la "cultura capitalista"
que lleva a cabo Benjamin (y tras él, una inveterada manada de críticos
culturales) se funda sobre el hecho de que sus imágenes obstaculizan
la experiencia. Es necesario insistir en que, para Benjamin, el gran
problema del capitalismo no es la propiedad privada, sino la desintegración
histórica de la experiencia, cuya posibilidad actual tendría que ver
sobre todo con el mercado de antigüedades y las tiendas de remate:
véanse, a este respecto, las frecuentes invitaciones del autor a revisar
estampillas, sellos, monedas encontradas detrás del ropero, etc. En
este punto, la diferencia entre los modos en que Huysmans y Benjamin
piensan la experiencia en la ciudad moderna es elocuente; para el primero,
lo que cuenta es el concepto merceológico en juego y sus posibilidades
de funcionalización mercantil (turísticas, etc); para el último,
se trata de ver las fantasmagorías del modo de producción, hacer hablar
a las esquinas malalumbradas, invocar a la musa de las mesas de saldo.
En el primer caso, se pone en juego un complejo tejido de funciones
económicas y culturales, en el segundo se interpretan profusamente
los misterios de la mampostería. Que el lector determine cuál
enfoque resulta hoy más útil y más urgente. Aquí apenas los contraponemos
de cara a una sustanciosa capa de debates contemporáneos vinculados
con la ciudad, su actualidad y su historia.
3. Merceología y entorno urbano
La vitalidad de la reflexión en torno
de las ciudades en la discusión intelectual mundial no necesita ser
puesta de relieve: si de la República Popular China se dice que inaugura
una central termoeléctrica por semana, podría apostarse si sólo en
Latinoamérica tiene lugar un simposio sobre ciudades cada un mes o
cada mes y medio. Tal abundancia quizás no sea relevante por sí misma;
en todo caso, es indudable que asignar problemas estilísticos y disciplinarios
de cualquier orden (arquitectónicos, teatrales, versificatorios, etc.)
a la ciudad en la que tienen lugar es hoy en día casi un paso argumentativo
necesario, poco menos que una exigencia retórica. Lo que queda por ver es qué permiten tales
debates, y si ellos mismos pueden ser abordados desde una perspectiva
merceológica integradora, que entrelace distintos aspectos culturales
y económicos de forma eficaz.
Tomando en consideración lo precedente,
lo primero a tener en cuenta es el modo en que la cuestión del parque
temático como forma lógica del consumo puede vincularse con diversas
problemáticas urbanísticas, para lo cual recurriremos a un cúmulo
de textos poco revisados de Andreas Huyssen, ensayista alemán cuyo
solo pedigree formativo bastaría para escribir una historia de la crítica
cultural de izquierda con base en el Instituto de Investigacion Social
y sus satélites. Pues Huyssen no sólo es heredero de Benjamin y Adorno
(discípulo directo del último) y representante internacional de la
German Critique, sino sobre todo un autor que, si bien ha sabido mantenerse
a la sombra de sus maestros frankfurtianos, puede ser leído también
como uno de los críticos que mejor ha sabido tomar distancia de esa
tradición (sin ser, tampoco, demasiado explícito al respecto). El
ensayo al que principalmente nos referiremos se titula "Voids of Berlin",
en castellano fue publicado como "El vacío rememorado. Berlín como
espacio en blanco", y constituye en verdad un texto de intervención
en la discusión urbanística internacional de mediados de los '90,
no desprovisto del acento escolar propio de un intelectual que asume
de modo sistemático el trabajo de hacer comprensible la coyuntura discursiva
y epocal alemana para el ambiente universitario europeo y americano (8).
Pero el mérito central de Huyssen (tanto
en el ensayo referido como en otro que funciona como su apéndice, "Fear
of Mice", sobre un proyecto de Disney en Times Square) no es tanto
el de reponer con claridad para un auditorio de no-especialistas algunos
motivos teóricos importantes de la arquitectura contemporánea como
el de centrarse en querellas urbanísticas concretas y exponer, accidentalmente
incluso, el arco de intereses económico-sociales que las atraviesan.
Así, Huyssen centra su atención en la moda teórica del pictorial
turn que, hace quince o veinte años, se pretendía superadora del
precedente "giro lingüístico" de la práctica arquitectónica:
El discurso sobre la ciudad
como texto de la década de 1970 circulaba sobre todo entre arquitectos,
críticos literarios, urbanistas y filósofos a la búsqueda de un nuevo
vocabulario de los espacios urbanos (...). En cambio, el discurso actual
sobre la ciudad como image es el discurso de los concejales,
de los políticos, de los planificadores y developers a la caza
del rédito. Es que el turismo masivo, las convenciones y
los megaeventos, el alquiler de oficinas y grandes locales, todo depende
de la imagen de la ciudad. Así, una nueva forma de política urbana
organiza el consumo cultural, y da lo mismo el shopping o el museo (192-193).
Tenemos directamente establecido, en
este párrafo, el punto de conexión entre una determinada pauta urbanística
y un conjunto de condiciones económicas que funcionan como motivadores.
En este sentido, el abordaje de Huyssen vincula dos temáticas diferentes:
la reducción de la ciudad a imagen que tomó a su cargo el panteón
de arquitectos institucionales high tech de los ’80 y tempranos ’90,
lo que podríamos considerar como el armado de una interface visual
a nivel urbano del proceso general que en aquel entonces se conoció
como New Economy (con la consiguiente ampliación del espacio vital
corporativo en el tejido de la ciudad, en una década por lo demás
signada por el esplendor de las marcas) y, por otro lado, la subsiguiente
museificación del texto urbano, reducido a objeto de contemplación
a ser conservado o intervenido. Y es precisamente sobre este punto que
Huyssen, el teórico de las twilight memories y la mutación de la experiencia
histórica, va a concentrarse:
Se plantea aquí un problema
(...) que quisiera describir en términos de la ciudad como imagen.
Se trata de una problemática que Nueva York comparte con otras metrópolis
(...) que luchan por mantener su rol como centros económicos y comerciales
al mismo tiempo que se transforman en entornos similares a museos para
un turismo cultural cada vez más globalizado. (233)
Estas dos dimensiones del problema,
siendo complementarias, sin embargo han podido pensarse como antagónicas.
Pues lo que estaba en disputa en el debate berlinés de los tempranos
’90, una vez pasado el verano contracultural de la Reunificación
y de cara a las superficies libres dejadas por ésta (la antigua tierra
de nadie que bordeaba el muro, etc.), era el enfrentamiento cerrado
entre el programa arquitectónico de las corporaciones multinacionales
(futurístico, tecnológico y globalizado) y el cándido enfoque de
la "reconstrucción crítica" interesado en proteger y mimetizar
la textura urbana del arrabal berlinés decimonónico, el Kiez.
Puede parecer excéntrica esta temática, pero merece cierta atención
desde el punto de vista merceológico: lo que tenemos, por un lado,
es una agenda de empresas globales dedicadas a fomentar el estilo internacional
de la segunda ola posmoderna, basado en vidrios, virtualidad pretenciosa
y fachadas; por otro lado, un programa edilicio de gerentes comunales,
interesado en reponer un texto urbano anacrónico, de casas bajas, piedra
y... fachadas. Este último aspecto es el central: en ambos casos, según
describe Huyssen, la discusión se limitó a la imagen, y nunca problematizó
el uso de las ciudades. Se discutió sobre fachadas, es decir, sobre
deseos, sobre identidades; no sobre funciones o necesidades concretas
(Huyssen nota, puntualmente, la obliteración por ambas partes del legado
del modernismo maximalista berlinés de 1920, en lo que caracteriza
como un proceso de "memoria selectiva").
Sin embargo, la proyección urbanística
de tales imágenes (futurísticas o tradicionales, internacionales o
regionalistas, etc.) involucra la realización de proyectos económicos
muy concretos: empresariales, comerciales, turísticos y demás. Huyssen
no llega al fondo de la cuestión, aparentemente paradójica: la imagen
de la ciudad, convertida en problema soberano (i.e. independiente del
uso concreto de las ciudades) se instrumentaliza por completo a la utilidad
económica:
En el desarrollo que va de la
ciudad como centro de producción regional o nacional a la ciudad como
centro internacional de las comunicaciones, los medios y los servicios,
la imagen misma de la ciudad se transforma en decisiva para el éxito
en la competencia global. La visibilidad significa éxito -lo cual vale
tanto para el nuevo Times Square en Nueva York bajo el signo de Disney
y Bertelsmann como para los desarrollos de Mercedes, Sony y Brown Boveri
en Postdamer Platz (202).
Así, regulada como interface visual
de la producción y el consumo, la ciudad se revela como un entorno
merceológico; su intrínseca virtualidad, su condición superficial
de imagen hecha de imágenes no se opone a su utilización social sino
que, precisamente, la condiciona y alimenta. Hoy, cuando las visiones
eclécticas del high tech desaparecieron de la superficie (y los antiguos
sueños de hacer de Berlín la capital del siglo XXI hace tiempo cedieron
frente a una ciudad objetivamente sacudida por la pobreza, el trabajo
informal y la inseguridad) la discusión desarrollada por Huyssen nos
permite enfocar muy directamente un fenómeno económico-general que,
por su misma naturaleza, trasciende cualquier coyuntura estilística
que se tenga en consideracion. Si Huysmans nos mostraba que todo valor
de uso está en condiciones de remitir a otros, el branding urbano,
la política de ciudades gerenciadas e híper diseñadas a la que hoy
estamos acostumbrados como naturalmente, es capaz de extraer las consecuencias
necesarias de esa enseñanza en lo que se refiere a articular y reconstruir
completamente el espacio urbano maximizando la concatenación entre
identidades, deseos y mercancías, es decir produciendo marcas
en el sentido más lato del término: desde la tipografia de la señalización
pública hasta las planteras de los árboles, desde la distribución
de los solares abiertos hasta las anécdotas históricas que una ciudad
elige recordar en sus plazas y las bandas de rock que elige para alegrar
masivamente sus noches de verano, la planificación urbana no es hoy
en día otra cosa que la impostación, más o menos efectiva, de un
cúmulo nebuloso de representaciones y recuerdos vinculados a una identidad
reconocible, rentable en términos de valuación inmobiliaria y volumen
comercial. Pues ese es, finalmente, el alfa y omega de lo que con todos
los matices imaginables se entiende hoy en día por la finalidad del
urbanismo: la aplicación de políticas que permitan "revitalizar"
un barrio, "conectarlo" con el tráfico de la ciudad, o bien "abrir"
una calle muy obstaculizada, etc., todo esto significa, como observó
el antropólogo Manuel Delgado en su reciente paso por Buenos Aires,
cuánto va a valer el m2, es decir, la pregunta principal es cómo la
alegría de tanta gente puede traducirse en música para los oídos
de la especulación financiera (9).
La merceología trascendental nos ha
llevado del retiro del héroe finisecular en Fontenay-au-Roses a las
complejas políticas del contemporáneo branding urbano; si el protagonista
de la novela de Huysmans habilitaba una teoría del consumo cultural
capaz de entrelazar significativamente objetos suntuarios, libros de
versos y bebidas exóticas de todo el mundo en la recova del floreciente
mercado mundial de 1880, hoy vemos sin sorpresa cómo las grandes metrópolis
se reciclan, peinan y maquillan frente a la masa sobreacelerada de turistas
urbanos y project managers de cualquier índole necesitados por igual
de un entorno urbano competitivo en términos monetarios y de infraestructura,
coherente estilísticamente (incluso en su heterogeneidad) y capaz de
albergar posibilidades de rédito hasta en sus suburbios más informales
por la vía de un abultado intercambio de experiencias por divisas.
Este proceso debe aclararse por separado y con anterioridad a cualquier
querella estilística que se plantee. El elemento sustantivo que puede
extraerse del ensayo de Huyssen en lo tocante al debate entre la arquitectura
high tech y el tradicionalismo va en este sentido; su valor es metodológico
y debería enunciarse como imperativo: no discutirás sobre estilo
(sobre morfología, sobre imágenes, sobre recursos) hasta no saber
exactamente cuál es la función económico-general
puesta en juego.
"Somos más fuertes que los metalúrgicos",
decía el empresario turístico y mafioso del juego Hyman Roth en
El Padrino de Mario Puzzo y Francis Ford Coppola, en el despunte
de los años ’70, y esta afirmación, hoy por hoy, resulta todavía
muy descriptiva: pues si las ciudades de casinos que por esa época
fantaseaba Venturi abandonaron la mente de los planificadores (y hasta
podría decirse que nunca fueron tomadas en serio, o que fueron suplantadas
por las ciudades del software y los utilitarios tecnológicos móviles),
fue su forma lógica lo que triunfó, es decir, la idea de una ciudad
diseñada como pura logística y teatro de operaciones del consumo burgués
en toda la diversidad de matices deseable, y sobre todo, con una cada
vez creciente atención por las formas más hirsutas y rebeldes de entretenimiento
(podría hablarse, en ese sentido, de una diversificación de la matriz
cultural en relación con las necesidades de la gerencia urbana). En
páramos como Buenos Aires, el requerimiento de actividades artísticas
de parte de la gestión pública puede asociarse con un vano electoralismo
de los gobernantes, pero no debe desmerecerse nunca lo que ocurre en
el terreno, es decir, en la valuación del m2. No sin dramatismo decía
Delgado, en la entrevista referida, que
hoy en nombre de la cultura
se están haciendo cosas tremendas, justificadas por el mero hecho de
que van acompañadas por un elemento cultural (...). Ahora la cultura
es la nueva religión de los Estados; las grandes operaciones de colonización
del espacio urbano llevan la nueva cruz de la cultura.
Este es el problema que Andreas Huyssen
ya captaba promediando la década del ’90, de un modo sugestivo pero
también parcial; si pueden ensalzarse los méritos testimoniales de
su ensayo, tambien hay que reconocer que Huyssen optó por dedicarse
a lo que el tema tiene de colateral y hasta de perimido, a saber, lo
que describe como una museificación del
espacio urbano. En este punto, Huyssen es todavía demasiado benjaminiano:
se mueve en la ciudad como si lo que importara fuera su significado
en términos puramente visuales, morfológicos, y no el entramado de
funciones que organiza estos niveles. Así dice, respecto de
un proyecto de Disney en Nueva York:
Sólo resta esperar que la mutación
del Time Square (...) no sea un anticipo de la entera museificación
de Manhattan. De hecho, ya hay un parque temático sobre Nueva York,
aunque por ahora sólo existe en Las Vegas. El proceso de museificación,
incluso, está mucho más avanzado en algunas metrópolis europeas.
Cabe preguntarse qué está sucediendo cuando una ciudad del siglo XX
se transforma en museo (192-193).
Quien conozca la obra de Huyssen puede
sorprenderse frente al hecho de que el autor que aquí lamenta la museificación
de la ciudad es el mismo que, en otros artículos, dio por saldado el
movimiento antimuseístico de la vanguardia histórica y las sucesivas
posvanguardias de la segunda mitad del siglo XX. ¿Hay lugar para ventilar
faltas de coherencia de parte de un intelectual europeo? Vale la pena
recordar la solución dada años después por el mismo Huyssen al debate
que él, precisamente, supo desnudar como inútil. En una intervención
posterior sobre la agenda elaborada en "Voids of Berlin", Huyssen
repasa los temas discutidos en ese artículo planteando una serie de
salvedades y rectificaciones:
Hoy, cuando muchos proyectos
a gran escala están frustrados, la nueva Berlín proyecta una imagen
más ambigua que cinco años atrás. (...) Los límites que antaño
separaban a las variadas facciones parecen indiferenciados. La reconstrucción
crítica, con sus regulaciones restrictivas y su ideología de construcción
en piedra, nunca llegó a ser el lecho de Procusto que se temía para
el nuevo Berlín. Por otro lado muchos proyectos de arquitectura high
tech fueron bien digeridos por la fábrica de la ciudad y, si bien sigue
faltando una visión verdaderamente cohesiva, lo que está emergiendo
es una red descentrada de nuevos edificios y barrios cambiantes, que
cada vez son mejor aceptados por el público y que comienzan a configurar
la imagen de Berlín como un mix, en parte creativo, en parte tímido,
de lo viejo y lo nuevo.
Es notable, en este parrafo, cómo el
punto de vista Huyssen fue lo que cambió, más que las condiciones
estilísticas de la ciudad de Berlín. Ni siquiera hay que mencionar
que, en un texto del año 2000, este entusiasmo no puede ser más inoportuno:
fueron los años del Bankenskandal (un jugoso contubernio político-financiero-inmobiliario)
y de la aplicación a rajatabla de políticas neoliberales sobre el
esquema (entonces tachado de anticuado) de protección social en Alemania.
Pero Huyssen no observa nada de esto: el autor que se mofaba de los
debates en torno de la imagen tomada como parámetro abstracto ahora
toma asiento en esa discusión. Obnubilado por las desavenencias de
la memoria en el espacio público, Huyssen (que ya había brindado un
importante apoyo teórico a los proyectos conmemorativos de Daniel Libeskind,
Christo y otros relevantes artistas) decide ponerle las fichas al desangrado
arquitecto de fluidos y simbologías, sórdido ejemplo del star system
arquitectónico mundial, Sir Norman Foster, sinónimo de dos tendencias
también ejemplarmente criticadas por Huyssen: la conversión de la
disciplina arquitectónica en producto de marca y su (consecuente) reducción
a atracción de feria:
El Reichstag reconstruido puede
servir como emblema de este mix de creación y timidez. Su fachada (...)
es lo único que resta de pretensión guillermina: paredes de piedra
(...), columnas pomposas, un grandioso monumento que conjura reminiscencias
históricas. El interior fue vaciado y reconstruido, pragmática y quizás
fríamente, en materiales brillantes y colores tenues -y los graffiti
legados por los soldados soviéticos durante la Batalla de Berlín todavía
pueden verse, incluso muchos fueron escenificados por una iluminación
particular.
El debate entre el high tech y el tradicionalismo
queda saldado, de modo obvio, por esa arquitectura de reciclaje típica
de los noventa que Foster & Partners ayudó a poner en escena.
Y el problema del uso social quedó atrás, sustituido por la filosofía
de Puerto Madero y el shopping Abasto. En efecto, ¿hay algo más inútil
que un edificio administrativo de primer nivel que conserva paredes
descascaradas con inscripciones en ruso hechas cincuenta y tantos años
atrás por soldados anónimos en una operación bélica contra el renuente
centro de comando nazi del plan Clausewitz? Huyssen redujo el problema
del uso social a la cuestión de la memoria pública, importante para
el debate civil pero de ningún modo capaz de articular por sí misma
una lectura integradora del extenso frente de problemas sociales, económicos
y culturales relacionados con las ciudades. En términos críticos,
lo más grave del asunto es que el cambio de foco conllevó un cambio
de método; si al hablar de las agendas corporativas Huyssen se mantenía
apegado a la cuestión central de la funcionalidad social de los proyectos
arquitectónicos, con la problemática de la memoria urbana tomada como
factor determinante y excluyente su aproximación crítica se hunde
en una perspectiva de análisis puramente simbólica e isomórfica:
así, el eje Este-Oeste en la ribera del Spree conjura el recuerdo del
eje Norte-Sur de Albert Speer al tiempo que "significa" la Reunificación;
los vidrios de la nueva Cancillería, a su vez, "simbolizan" la
transparencia pública en la nueva Alemania unida, europea y democrática.
Lo que se instala, de este modo, es un sistema de metáforas en el lugar
de la problematización económica. ¿no deberíamos, en este punto,
volvernos un poco más economistas, para evitar discusiones estériles,
incluso deshonestas? En verdad, el problema de la imagen de las ciudades
sólo adquiere relieve cuando se lo coordina con su fundamento económico-general.
Y este movimiento no debe ser entendido como una "reducción", sino
precisamente como la herramienta que permite abordar la concatenación
de fenómenos múltiples y de la índole que fuese en términos funcionales,
metodológicamente operativos. Es necesario insistir en que la crítica
cultural del siglo XX, espantada con la matanza de los marineros de
Kronstadt, puso todo su esfuerzo en absolverse de las "reduccionistas"
determinaciones económicas consideradas como la letal antesala del
totalitarismo, perdiendo de vista que es el mismo capital considerado
en términos especiales el que se encarga de "reducir" (i.e., traducir
todo a valor de cambio) y que sólo a partir de una "reducción"
semejante (la del concepto de mercancía) puede abordarse coherentemente
y en profundidad la interrelación entre procesos económicos, sociales
y culturales. El fantasma del reduccionismo ha asustado a muchos; pero,
como ya estaba claro para Balzac, la mercancía es la llave de entrada
a la totalidad de los fenómenos sociales.
4. Qué es el paisaje
En una entrevista ubicable en Diario
de Poesía (nº 72), se le preguntó a Sergio Raimondi si fue su
trabajo en el Museo del Puerto de Ingeniero White lo que le permitió
descubrir el "paisaje de la ciudad" (natural progresión acuarelística
de la idea de "imagen") como tema poético para su libro Poesía
civil. La respuesta de Raimondi es lo suficientemente ilustrativa
como para que citarla con cierta extensión se vuelva imperativo:
Creo que descubrí que no se
trataba de pensar en términos de paisaje. Mejor, aprendí de a poco
a advertir todo lo que esa noción dejaba afuera. Por un lado, la perspectiva
del paisaje se funda privilegiadamente en el nivel de lo visual, y mi
experiencia era más auditiva, en todo caso, lingüística: las voces
y más voces daban cuenta de relatos que en un punto destruían el paisaje
que yo más o menos podía ver, o lo dotaba de densidad, de las contradicciones
de la historia (...) Por otro lado, Ingeniero White fue durante toda
la década del 90 (y sigue siendo) una suerte de laboratorio geográfica
y demográficamente acotado donde se experimentó con la implantación
neoliberal en un lapso en exceso breve (...). Alguien se debería haber
preguntado, aunque sea por simple curiosidad, esto: ¿qué pasaría
si en este pequeño puerto de White, por décadas y décadas fundamentalmente
estatal, privatizamos el ferrocarril y la Junta Nacional de Granos,
desregulamos los pactos o contratos de varias labores marítimas y portuarias,
y -en particular, como rasgo distintivo- ubicamos la mayor cantidad
de inversiones multinacionales de toda la década de modo que la producción
se duplique, se triplique, se cuadruplique? (...)Por otro lado, cualquiera se podría dejar llevar
por la visión de los obreros de Techint al trabajar, a un costado de
la ruta, en el gasoducto que venía de Loma de la Lata, para sospechar
que el paisaje es una construcción o que, al menos ahí y en ese preciso
momento, estaba siendo construido, pero hay que ver si asimismo ahí
los ojos no eran en un punto tramposos, porque, ¿acaso eran verdaderamente
ellos los que estaban modificando el orden del espacio? Entonces, ¿qué
hacer cuando la noción de paisaje ya no sirve? (...) Me parece que los intentos, sólo los intentos por superar este
problema de método, es lo que está en Poesía civil.
Lo importante de esta respuesta, en
primer orden, es que comporta una clarificadora crítica a la inmediatez
visualística del paisaje. Raimondi trata de introducir una serie de
mediaciones problemáticas para notar que la noción de paisaje, en
y por sí misma considerada, no es de utilidad a la hora de pensar el
entorno humano de Ingeniero White. En consecuencia, su reflexión teórica
no parte de la imagen del puerto, sino de la pregunta capitalista que
necesariamente le subyace: en una palabra, las inversiones. No es sorprendente
que la mediación de la imagen que Raimondi introduce sea, precisamente,
la propiedad privada. Es esta noción abstracta, puramente conceptual,
la que permite abordar científicamente los transtornos (más o menos
espectaculares) del cualquier paisaje humano, natural, geográfico o
social. Si el caso de Huyssen permite clarificar cómo la paisajística
abstracta, la tertulia de las fachadas, oblitera el problema de las
relaciones sociales capitalistas, la desconfianza raimondiana por el
visualismo no puede entenderse si no es de la mano de una revalidación
del pensamiento trascendental que llega lo suficientemente lejos como
para notar que, incluso si uno observa a unos obreros montando un gasoducto,
no es con los ojos que uno se dará cuenta que esos obreros son asalariados
de Techint, verdadero sujeto de la remodelación del espacio. Lo constituyente
de las imágenes y los paisajes no es tanto sensible como objeto de
una necesaria investigación; lo trascendental, la propiedad privada,
es invisible a los ojos.
Volviendo a la cita, no debe dejar de resaltarse lo siguiente: Raimondi
encuentra que la noción de paisaje, infinitamente complejizada por
la profusión de series económicas, sociales, históricas, comporta
un problema de método. Se puede decir una palabra sobre este
asunto; inspeccionando con atención Poesía civil, es claro
que el método constructivo de Raimondi consiste en disolver la inmediatez
de un objeto en la totalidad de las mediaciones sociales que lo constituyen.
Por doquier encontraremos esta solución; quizás una de sus expresiones
más acabadas es la que se lee en el poema "Qué es el mar". Pensemos
por un instante en lo que haría cualquier versificador común frente
a esa pregunta: tal vez se ocuparía del sublime rugido de la marea;
más posiblemente, rememoraría los tiempos felices de la infancia en
vacaciones, como hacen algunos cineastas actuales. Veamos qué prefiere
responder Raimondi a la pregunta "qué es el mar":
El barrido de una red de arrastre
a lo largo del lecho,
mallas de apertura máxima, en el tanque setecientos mil
litros de gas-oil, en la bodega bolsas de papa y cebolla,
jornada de treinta y cinco horas, sueño de cuatro, café,
acuerdos pactados en oficinas de Bruselas, crecimiento
del calamar illex en relación a la temperatura del agua
y las firmas de aprobación de la Corte Suprema, circuito
de canales de acero inoxidable por donde el pescado cae,
abadejo, hubbsi, transferencias de permiso amparadas
por la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca; ahí:
atraviesa el fresquero la línea imaginaria del paralelo, va
tras una mancha en la pantalla del equipo de detección,
ignorante el cardumen de la noción de millas o charteo,
de las estadísticas irreales del INIDEP o el desfasaje
entre jornal y costo de vida desde el año mil novecientos
noventa y dos, filet de merluza de cola, SOMU y pez rata,
cartas de crédito adulteradas, lámparas y asiático pabellón,
irrupción de brotes de aftosa en rodeos británicos, hoki,
retorno a lo más hondo de toneladas de pota muerta
ante la aparición de langostino (valor cinco veces mayor),
infraestructura de almacenamiento y frío, caladero, eso.
Todo está resuelto en este glorioso
poema. Adentrarse en las profundidades del mar, para Raimondi, no equivale
a convocar la belleza terrible de las sirenas, ni tampoco a recordar
los juegos de paleta en las tranquilas playas marplatenses, sino a toparse
con redes de pesca, litros de gas-oil, jornadas laborales, reuniones
en Bruselas, estadísticas, permisos de explotación, resoluciones jurídicas,
sistemas de medidas, valor, tecnología, créditos... La pregunta del
título es así directamente contradicha por los versos que convierten
de un plumazo la pregunta sustancial-metafísica qué es en una
pregunta histórico-social, para qué sirve. La magnitud de este
paso es de una importancia superlativa, indisimulable, en la medida
en que sólo a partir de esta pregunta puede abordarse el complejo tejido
de las relaciones sociales capitalistas y, correlativamente, el mundo
entero. De ahí que la escritura poética no pueda fundarse, para Raimondi,
en otra cosa que en la investigación microhistórica (capaz de compaginar
distintas fuentes, textos y fragmentos de información en una conflictiva
fórmula poética) heredada de la metodología warburguiana que floreciera
en la Bahía Blanca de los 60s de la mano de Héctor Ciocchini y otros
investigadores. La textura enumerativa del poema reúne diversidad de
entornos, escenarios, prácticas y campos semánticos: la temperatura
del agua, especies animales, sistemas financieros, ingeniería naval,
radares, la aftosa; poco avanzaríamos proponiendo con timidez que "para
Raimondi no hay una respuesta a la pregunta qué es el mar, sino muchas",
y en cambio es insoslayable la compenetración que este poema exhibe
entre un determinado método de trabajo y una compleja noción de totalidad.
Un poema como éste no es resultado de un arrebato momentáneo, sino
de la búsqueda y comparación de fuentes, de la indagación pertinente,
de la reflexión sistematizada. El método raimondiano, para expresarlo
con las categorías de la lógica hegeliana, parte de la premisa de
que no se trata nunca del mero ser-en-sí, sino de este mismo ser en
cuanto que esencialmente es ser-para-otro. Así, la cuestión no es
el mar, sino su uso social, cosa que implica adentrarse, con
moderno ánimo de investigación, en todo un profuso entramado de conocimientos,
representaciones y circunstancias con una sustentación estrictamente
económico-política. Ahora bien, este uso social, en las sociedades
modernas, no es otro que el uso capitalista. Lo que estos versos muestran
es que si uno va verdadaderamente al fondo del mar se encontrará con
el capitalismo, es decir con la propiedad privada. No habrá allí rejas
ni alambre de púa, pero sí trazado de paralelos, licencias, millas,
etc. El irregular planteo paratáctico del poema clarifica que la verdadera
sintaxis del asunto está en esas magnitudes, en esas licencias y en
esos contratos cuya lógica no es la de la descripción, sino la del
intercambio numérico abstracto.
La distinción entre condiciones de
posibilidad y estados de hecho goza de buena salud: el método es capaz
de explicar. Raimondi sabe preguntarle a todas las cosas de dónde
vienen. El "pensar por sí mismo" que Kant había designado
como núcleo del pensamiento de la Ilustración obtiene en el método
de Raimondi una sistematización contemporánea y rigurosa; en sus poemas,
nada es aceptado sin pasar antes por el tribunal de la razón; ningún
mar persiste en su inmediatez, ninguna luna es dada por sentado. Pero
este método, como es de esperar, excede el ámbito disciplinario de
la poesía (como el de Brecht excedió el del teatro, y el de Gropius
el de la arquitectura): Raimondi lo aplica idénticamente desde su cargo
de director del Museo del Puerto de Ingeniero White. En un breve texto
titulado "Tallarines, cometas y clavos",
Raimondi comenta y ejemplifica con cierta extensión las facetas centrales
de su trabajo museográfico (el texto, recogido en el libro La normalidad,
fue escrito para el megaproyecto Ex-Argentina, del cual el Museo del
Puerto participó).
Dice el texto, en las primeras líneas,
que " 1$ no es 1$; son 100 centavos. 100 centavos son 2 clavos.
Para herrar la pata de 1 caballo se necesitan 6". Tratándose de
presentar un proyecto museográfico con el objetivo de, entre otras
cosas, visibilizar la vida económica en la ajetreada región de Ingeniero
White para el contexto mayor de Ex Argentina (proyecto centrado
en la crisis económica argentina entendida como "laboratorio"),
queda claro que el interés de Raimondi se dirige primeramente a poder
relacionar distintos ejes problemáticos a partir del uso social que
encierran y que los articula integradamente. Así es que el proyecto
museográfico de Raimondi indaga en los objetos del pasado y presente
de Ingeniero White (p.ej., un antiguo sillón de peluquería) relevando
la información histórica que portan, esto es, en qué relaciones sociales
estaban inmersos, en qué contexto estaban vivos y eran útiles. Nunca
se trata de exponer simplemente "una" cocina de leña, sino
de ver para qué servía efectivamente. La pregunta histórica que organiza
el Museo, pues, no se funda sobre una abigarrada nostalgia interpretativa,
sino sobre sobre la utilidad. Y lo interesante de este gigantesco
trabajo de investigación no se limita a la variada información que
presenta ni a su adecuación a cualquier modelo de obra de "research"
documentativo que se quiera ver en un trabajo que indaga la memoria
oral de los trabajadores, el paisaje humano, sus registros y sus objetos,
sino en la sistemática copresencia que la economía política especialmente
considerada tiene en relación con todos estos objetos y fenómenos
disímiles. Raimondi no olvida ni por un instante que todo lo que pasa
por su museo, más bien por la vida misma, es plausible de traducirse
en dinero, y que de hecho corresponde a una previa conversión de dinero
en mercancía (digamos, de 1$ en 2 clavos para herrar al caballo). Semejante
conciencia de la penetración del capital en la vida es inusual o inhallable
en los teóricos de la cultura que todos conocemos, pero este ocasional
texto de Sergio Raimondi, en cambio, se estructura con esa premisa desde
la primera línea. Su último párrafo, una verdadera trouvaille estilística,
desarrolla esta misma cuestión suficientemente:
el caballo se llama "Rubio".
Pero hasta ahí no llegamos a nada; aunque situado, el caballo tira
hacia el caballo del cielo de los arquetipos de Platón. Hay que hacer
que deje de ser un "caballo", y mientras pasar a considerar
si está bien o mal alimentado, si sabe o no detenerse en los semáforos
cuando enfila hacia el centro de la ciudad, si se asusta o no se asusta
de los automóviles. Allí no va un caballo: va 1 caballo: o sea 4 patas,
4 herraduras, 24 clavos: 1200 centavos.
Evidentemente, el caballo sólo revela
su aspecto útil, su verdadera razón de ser, cuando se lo emparda con
su valor de cambio: 1200 centavos. Hay una profunda lección teórica
aquí. Raimondi muestra inapelablemente que todo intelectual que se
precie, en última instancia, debe elegir entre la teología o la economía
política, entre el caballo que participa de la sustancia divina o el
caballo que transporta mercancías, cumpliendo una función social.
Esta misma contraposición fue la que encontró Marx en 1844, justo
cuando su itinerario teórico lo llevó a preguntarse por un verdadero
humanismo, aquel que Feuerbach sólo había sabido prologar. Marx comprendió
que sólo se podía ser auténticamente humanista, es decir, tener un
pensamiento realmente destinado al hombre, abocándose a analizar científicamente
aquello que organiza la vida social, la economía política. Todavía
es común hallarse con la estrafalaria manía althusseriana de oponer
un Marx joven y humanista, que apelaba reiteradamente a Goethe, a otro
adulto y científico, que hablaba todo el tiempo de números. Pero esto
no tiene sentido. Humanismo, ciencia y literatura son lo mismo, son
Bildung. El capital es el libro más humanista que se haya
escrito, precisamente porque es el más científico. Raimondi detenta
una certeza idéntica a la de Marx: para hablar seriamente de los seres
humanos es menester hablar seriamente de economía, lo que implica un
gesto vuelto por completo hacia la comunidad de los hombres y su comprensión
del mundo en el que viven. Es absurdo figurarnos a un Marx bueno, que
nos habla de arte clásico, y a otro malvado que machaca con el sistema
de rotación del capital; no sólo porque uno y otro son la misma persona,
sino sobre todo porque el verdadero humanismo no reside en ningun atajo
frente a la realidad, sino en su comprensión cabal. El valor de la
obra de Sergio Raimondi, en este sentido, no termina en una pedagogía,
sino que más bien la incluye: en la claridad de su poesía, en la organización
de su museo, en las Beschriftungen que acompañan las distintas
piezas y en todas las intervenciones publicas que ha tenido. Su trabajo
y sus conclusiones sientan, así, un precedente radical.
(1) Si bien se trata de una discusión prácticamente cancelada, cabe rememorar que en el campo de izquierdas europeo se discutieron abundantemente las problemáticas económicas propias de la "sociedad de la información", poniendo generalmente el empeño en desmitificar los discursos públicos (oficiales, si no lobbysteros) que proponían la entrada del ser humano en una "Nueva Economía" inmaterial y virtual que debía regirse por un nuevo paradigma, como la design-economy, etc. W.F. Haug ha llamado la atención sobre el hecho de que estos discursos se limitan a relevar (y a menudo exagerar en sus consecuencias) los cambios ocurridos en la base física de las cadenas productivas, p.ej. con la introducción de las computadoras en los entornos de trabajo (y su concomitante superación de la "materialidad"), malentendiendo por completo la naturaleza social de todo el asunto (v. "Zur Frage del Im/Materialität digitaler Produkte", en Das Argument, nr 248 5/6 2002, disponible online).
(2) "Problemas culturales y economía política: de las condiciones de la crítica a la necesidad de las purgas", en El Interpretador, nr. 31, junio de 2007.
(3) "Alle Waren sind Nicht-Gebrauchswerte für ihre Besitzer, Gebrauchswerte für ihre
Nicht-Besitzer. Sie müssen also allseitig die Hände wechseln. Aber dieser Händewechsel bildet ihren Austausch, und ihr Austausch bezieht sie als Werte aufeinander und realisiert sie als Werte. Die Waren müssen sich daher als Werte realisieren, bevor sie sich als Gebrauchswerte realisieren können. Andrerseits müssen sie sich als Gebrauchswerte bewähren, bevor sie sich als Werte realisieren können", dice el capítulo II.
(4) "Jedes nützliche Ding [...] ist ein Ganzes vieler Eigenschaften und kann daher nach verschiedenen Seiten nützlich sein. Diese verschiedenen Seiten und daher die mannigfachen Gebrauchsweisen der Dinge zu entdecken ist geschichtliche Tat. [...] Die Gebrauchswerte der Waren liefern das Material einer eignen Disziplin, der Warenkunde". Capítulo I.
(5) El ensayo de Zizek se encuentra incluido en el que quizás sea su libro más meritorio, A propósito de Lenin (Buenos Aires, Atuel, 2004, pp. 119-128).
(6) "Könnten die Waren sprechen, so würden sie sagen, unser Gebrauchswert mag den Menschen interessieren. Er kommt uns nicht als Dingen zu. [...] Unser eigner Verkehr als Warendinge beweist das. Wir beziehn uns nur als Tauschwerte aufeinander". Cap. I.I.4.
(7) "Was den Warenbesitzer namentlich von der Ware unterscheidet, ist der Umstand, daß ihr jeder andre Warenkörper nur als Erscheinungsform ihres eignen Werts gilt (...). Diesen der Ware mangelnden Sinn für das Konkrete des Warenkörpers ergänzt der Warenbesitzer durch seine eignen fünf und mehr Sinne". Cap. II.
(8) El texto fue publicado originalmente en Critical Enquiry, nr. 24, otoño de 1997. "Fear of Mice", al que nos referiremos en seguida, apareció en la Harvard Design Magazine, en el número de invierno/primavera de 1998. Ambos fueron incluidos en la recopilación En busca del futuro perdido (FCE/Goethe Institut, Buenos Aires, 2002), bajo traducción de Silvia Fehrmann.
(9) Leer la entrevista completa a Delgado aquí
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