Anábasis, o la última poesía insular de Sudamérica

Lo que conocemos y lo que no conocemos de la poesía de los países de la región. F22, antología de poesía boliviana actual, íntegra, con un ensayo que la precede y presenta

 

por Juan Manuel Silva

 

Lo que conocemos y lo que no conocemos de la poesía de los países de la región. F22, antología de poesía boliviana actual, íntegra, con un ensayo que la precede y presenta

La sal del Pacífico, Atlántico y Caribe dibuja un límite como lo hace la Cordillera de los Andes o el Amazonas; signos mudos en la geografía de países bárbaros, la presencia del mar configura identidades y diferencias más allá del desarrollo de una u otra estética. Podría hablar de lenguas, sistemas convencionales de significaciones que sirven tanto a fines prácticos como literarios. Pero si el límite es el marco desde el cual se logra distinguir identitariamente a una entidad, en Sudamérica también funciona como el muro que la cerca. Así, si para Argentina y Brasil el carácter europeo propio del tránsito atlántico fue una de las condiciones de su modernidad, el comercio, menos pacífico que lo que podría pensarse, ha enriquecido y vulgarizado los puertos de este lado de América. En esos tráfagos se ha desplazado la mercancía física y simbólica de nuestros países, específicamente, en materia literaria, abriéndose en ciertos momentos a otros lectores, influencias, y llegando a permear otras ciudades letradas. Como suele ocurrir, este fenómeno que entendemos como el negocio con el capital de la diferencia, caro a los suplementos culturales aliados a las editoriales trasnacionales, poco debiese importarnos, o bien, dejar que sirva a fines más elevados, como una parrilla o una docena de huevos.

Si sabemos poco de la historia literaria de nuestros vecinos americanos –sean cuales sean-, las razones de la comunicación, aunque parezcan necias, pareciesen explicar la absoluta ignorancia que ronda la vida de Paraguay y Bolivia. Países cercados cultural y geográficamente por un abrazo terrestre, brutalmente tensos bajo la pugna entre una minoría blanca, castellanoparlante, capitalista, y una mayoría indígena, dialectal, pauperizada, estas tierras, aunque a priori premodernas, comparten casi la totalidad de afecciones del arribismo económico y cultural de nuestros países. La alucinada estafa de la educación, el imperio de la ingeniería y la construcción, la carencia de una historia crítica y la manifestación insatisfecha de una sobre vida, son algunos puntos, entre muchos. El que quisiese reseñar en este lugar estriba en un ámbito menor, pero no menos complejo. Este tema ya lo han tocado otros, como Di Benedetto en su novela Zama, o Augusto Roa Bastos y Jaime Sáenz, en sus respectivas obras Yo, el supremo y Felipe Delgado. El encierro y la detención, alegorizadas en la escena de ese mono ahogado en el río –al inicio de Zama-, atomizan la atmósfera con la cual nos podemos imaginar tanto su tradición literaria como su actualidad. No menos errado que otro prejuicio, el que acabo de enunciar, ingrávido y falaz, es soplado fácilmente por una lectura primera. Sin mayor intención que esta, juzgo necesario dialogar y conocer cómo se representa esa sensibilidad atrapada en el corazón de Sudamérica, y para esto, dos casos. Christian Kent es un poeta poco conocido en la órbita literaria de Asunción. Vivió un par de años en Chile y antes en Estados Unidos, país de cual proviene su familia paterna y que es materia de su primer poemario, llamado Lieutenant publicado virtual y físicamente el 2011. Nutrido de la poesía de Elvio Romero, Juan Jacobo Rauskin y Susy Delgado, sin embargo, este libro se opone temática y estéticamente a ellos, vinculando su propia biografía y su situación de extranjero en un país repoblado por extranjeros después de guerras fratricidas, al problematizar la pertenencia a una lengua, esa otra territorialidad, para volver a Walt Whitman como gesto inaugural en el poema “Paumanok”, en el que las idas al dentista se mezclan con el saludo a los camaradas y el viejo abuelo Donald pareciera figurarse como el poeta al que siempre se vuelve a descansar, aunque “Es una equivocación”, se plantea “Yo no vuelvo a/ donde duerme el poeta, vuelvo a la/ foto del Lieutenant, siempre igual, para / entender por qué estoy riendo” (p.9). Particular, al menos, en estos momentos, la filiación con el imperio norteamericano, pues tanto ideológica como estéticamente ha sido recibida su influencia estética no sin varios escrúpulos. Así, Kent diseña un diálogo de una mixtura casi barroca, en el que enfrenta al mestizo que es con sus antepasados norteamericanos y europeos, viéndose ambos en un enfrentamiento contra las variadas representaciones de los dialectos guaraníes, la tópica y la nominación, aunque con un ritmo y una enunciación clara y pausada, como los múltiples arroyos que cruzan el Paraguay. Hay en esta otra tensión también un carácter ideológico, como se aprecia en el poema “Caazapá” en el que el sujeto se sienta entre los mayores de otra tradición, y al buscar una sabiduría secreta, encriptada en nombres y prácticas rituales acaba paladeando otra lengua, ese ají que incendia la boca harta de castellano e inglés, esa tesitura ingrávida parecida a la infancia, a la que no se accede más que por la embriaguez de esa experiencia frustrada: cree participar de ese nombrar, aunque solo es un simulacro (“dejarán el teléfono sonando bajo el mareo simulacro de no estamos en casa” p. 17). En el último poema, llamado “Iturbe y Primera”, situado ya en esa ciudad que prometía modernidad y en la que se quedó atrapado Diego de Zama y el Doctor Francia, el sujeto expresa la exterioridad y extranjería de esa lengua en tránsito o en tensión “ Recibir al extraño, dejarlo habitar en nuestra casa/ Nos pasamos educadamente el pan, el / azúcar, el café, mientras el otro labra/ entre nosotros una casa de su propia/ saliva y de esa misma sustancia también / sus momias, sus moscas y larvas envueltas/ en la materia del hogar. Dejar estar y estar/ al mismo tiempo.” (p.31) En esa que es su casa, pero también tierra – aquello que no puede ser posesión de una lengua más que por una nominación otra- se transforma en la emulsión para palabras tan secas como el suelo que se pisa, siendo en ese sentido el desplazamiento del sujeto biográfico, desde una a otra extranjería, otro modo de entender una errancia que en ningún caso está presa de un significado cultural o trascendente, digamos, étnico, sino que se despliega en una proliferación de capas de significaciones, tensas, y nunca encerradas por la endogamia de las literaturas nacionales. Lieutenant de Christian Kent, aunque parece compartir con otras estéticas la búsqueda melancólica de un decir original, avanza y nombra, con las palabras que quedaron entre la basura.

Distinto es el caso de la antología f/22 gestionada por el poeta chileno residente en Bolivia, Juan Malebrán. Divergente, al menos, si pensamos que su presencia en Cochabamba –así como la del poeta Carlos Cardani en La Paz- ha permitido que se agilice la comunicación interfronteriza entre los países que comparten el mundo andino, esa altura desdeñada en las urbes que sigue nominando nuestra geografía. Aunque común en la difusión, esta antología comprende una selección de autores jóvenes que si bien participan en el sistema literario boliviano, no comparten la querella entre Santa Cruz y La Paz, entre altiplánicos y serranos. Esta dialéctica (lingüística, social, étnica), más allá de situarlos periféricamente, ya dentro de una periferia, con respecto a los supuestos centros culturales de Sudamérica, refleja una preocupación por la palabra que podría hallar su símil en cierta poesía de Chile, Argentina y Perú, hoy en día, pero la detención que se lee en versos como “Vuelves/ es de noche,/entras esperando hallar la cena caliente/ servida en el sitio del comedor/ que te fue asignado hace tiempo” (p.13) de José Laura (1987) plantean la pregunta por el habitar y cómo esta suspensión del tiempo y del progreso en el que nos encontramos, se alegoriza en la mesa, a la que nos vemos conducidos por esa noche –no romántica, sino de oscurantismo- como siempre, para siempre.

En “Contra ruta” de Anahí Maya (1992) se lee “Escapar/ sin saber que hasta el desierto mueve sus rutas y/ que entre paso y paso/ cubierto por el polvo indiferente del verano/ terminaría como un perro/ que duerme a la sombra de otro” (p.22), y pareciese que la simbólica occidental se destruye para apreciar en alegorías cotidianas, o bien, construidas con los restos de una imaginería del progreso y el optimismo técnico, desde la desolación del desierto, espacio por el que avanza vuelto ruta el sujeto, siendo él mismo aquello que recorrerá, sin sentido claro, sin ida ni vuelta, errante, para descansar como lo hace una palabra traducida, es decir, pospuesta, como un perro que duerme a la sombra de otro. Complejo, evidentemente, es comprender que el poema que habla de la poesía comprenda la sombra que proyecta una lengua antigua sobre una nueva, y cómo el quechua y el aimara sobreviven como sombras detrás de ese perro sin amo, echado en la página amarilla y sin escritura del desierto: la imagen violenta de la oralidad que se violenta por la escritura. Cuando Juan Pablo Salinas (1986) propone en el poema “Cuando no les dan cuerda” ir lentamente hacia el silencio “Por eso vamos bajando el tono/ para que puedas escucharlo: / tras el telón nadie pregunta por nadie” (p.81), creo leer que más allá del ensordecedor barullo de las factorías y la riqueza la tensión mortal acaece y nos permite ver también que la masificación de los medios no aporta al entendimiento. Entonces hay que hablar como los antiguos, con los colores de la tarde, e ir hacia donde los papeles no tienen sentido, más allá del telón, de los actores, fuera de escena. En ese sentido, la muestra excede lo que pueda presentarse fragmentado ya en un comentario, pues como ocurre con el primer poemario de Christian Kent, la antología f/22 no representa el encierro al que nos ha querido acostumbrar la prensa bajo la imagen de países subdesarrollados y ajenos a lo que el dinero enaltece. Muy por el contrario, esta poesía se mueve, orbita y desmonta, con la misma violencia social de la que se nutre, un discurso encajonado, estático, predecible. Quizás podría decirse que seguimos siendo extranjeros en esta tierra, que estamos de paso, un momento, en ese exilio de la convención que es la poesía.

f / 22 Antología Poética Cochabamba – Bolivia

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